Compré una turquesa. Es de no sé dónde, creo que de Perú, y tiene muchos beneficios para el alma, y para el chakra, y para muchas energías y esencias y signos que no recuerdo. También es la segunda piedra de la Era de Acuario, en la que aparentemente estamos entrando. No podría asegurar nada de esto; solo repito fragmentos de lo que el vendedor me dijo mientras, apurado, elegía algunas para sí mismo. Honestamente, y a riesgo de que suene tan mundano como fue, debo admitir que en un principio me gustó por los colores, sean cuales sean sus supuestas propiedades y beneficios.
La realidad es que siempre jugué a ser más supersticiosa de lo que efectivamente soy. Los signos me divierten, los amuletos me gustan. Las piedras me encantan. Me parecen lindas, me parecen objetos que uno fácilmente carga de valor y que, por alguna razón, reafirman. Me siento fuerte con mi piedra. Me siento enorme e irrompible. Me siento justa. Me siento tan irrepetible como sus patrones.
Tengo dos turquesas, para ser sincera. Una es un óvalo verdoso arremolinado, lisa, con una línea celeste eléctrico y zigzagueante que la atraviesa por un costado. La base tiene tonos tierra y rojizos que nunca llegan al rojo puro. A ésta también la rompe un río de celeste eléctrico. "¡Es como una foto del Google Earth! ¡Mirá, parecen montañas!" dijo Laura la primera vez, tan entusiasmada que me dieron deseos no de entender esa pasión sino de sentirla.
Pero sí: de alguna manera, también la sentía. Sentía que estaba viendo la inmensidad del Amazonas en un botón de piedra; la majestuosidad de las montañas, en un azar de formaciones geológicas; sentía, incluso, que entendía los conceptos científicos que estaba usando para describir lo que sentía, y por una vez no me interesaban mi tan probable error ni mi vergonzoso nivel de ignorancia geográfica (¿montañas, en el Amazonas? ¿será cierto? bueno, sigo siendo ignorante). Era una evolución incontenible. La piedra había pasado de ser un objeto bello a un elemento místico, una realidad ineludible y ajena a mí que, aunque comprara, no me pertenecería. Solo podría - y tal vez, puedo- ser testigo de su existencia, pero este existir no me incumbe en nada más. Es un pequeño -inmenso- mundo que solo podré descubrir por casualidad o por invitación expresa. Mantengo alguna esperanza. Nunca se sabe.
Mi otra turquesa es bastante distinta. Es una gota con patrones más abstractos -y naturales-, mucho más brillante, con decenas de verdes, celestes y negros. Los colores se entremezclan y, a pesar de lo trabajada que está, por momentos parece rústica, porque es casi rugosa y a la luz se distinguen las varias capas de minerales que yacen bajo los colores. Puedo perderme en la contemplación de esa piedra, y siempre le encuentro algo nuevo. Me fascinan la simplicidad y la complejidad que la habitan. Pasó el tiempo y se formó; así de sencillo, y sin embargo tomó cientos de miles (¿o millones? dios, qué irremediablemente poco que sé) de años, y, más aún, su transformación no se termina. Seguirá pasando el tiempo, y se seguirá formando. La mano del hombre de por medio, y tan irrelevante como puede ser, porque aunque se le haya dado una nueva forma pensándose artista y creador, seguirá cambiando igual. Y nunca va a volver a ser igual a como era un instante antes, ni nunca otra piedra va a ser igual a ninguno de sus infinitos estados. Es casi un fluir; paulatino, apenas un poco menos que completamente imperceptible.
Las piedras son el agua de los cautos. Cambian, sí, pero lo suficientemente lento como para no alertar a los que le temen a la inevitable mutabilidad de... bueno, básicamente, todo...
Tengo, entonces, dos piedras que esconden sus múltiples diferencias bajo el mismo nombre. Ambas encierran mundos que solo puedo observar desde afuera. Ambas son en este momento como nunca fueron y nunca serán. Ambas cambian y me cambian, porque ahora veo que yo también estoy siendo como nunca fui y nunca voy a volver a ser. Yo también cambio; yo también encierro mundos y también tengo un nombre bajo el cual esconder mis diferencias. Yo también fui moldeada, pulida, tallada, y lo sigo siendo...
Pero no voy a dejar que me tallen. Elijo mis formas y mis colores, cada vez que puedo. No soy lisa. No soy llana. No soy homogénea, ni suave, ni pareja. No soy la imagen fiel y majestuosa de algo ya existente.
Yo soy la gota, rústica, rugosa y matizada, llena de capas que se dejan ver.
Trabajada por dentro y por fuera. Mano del hombre de por medio, pero irrelevante. Porque esas capas, esas formas, esos colores, ahora son míos.
Míos. Como cada turquesa es (de) ella misma.
lunes, 28 de marzo de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
Un día cualquiera.
Era un día cualquiera. Un buen día, de esos que siempre se disfrutan pero nunca se recuerdan. El Sol y la humedad picaban suavemente la piel, como una especie de tortura china, pero a la sombra una brisa delicada se encargaba de devolverle la templanza al cuerpo.
Una nube negra, claramente consciente de lo absurda que se veía, iba y venía sin demasiado rumbo.
Día de trámites. Día de viajes en colectivo. La gente en las paradas se amontonaba contra los edificios buscando que hasta el aire hiciera sombra, y varios chicos les reclamaban a sus padres el espíritu tercermundista de gasto prudente. "¿Un taxi?", fueron diciendo de a uno todos los padres, "¿lo pensás pagar vos?" y, con el mismo orden, cada uno de los chicos fue encogiéndose de hombros y adoptando la actitud de no-me-importa que nos sale a todos cuando nos niegan algo que, en realidad, no nos interesa demasiado.
"Sí," dijo uno, ante la sorpresa de todos los otros, "yo lo pago." Y se bajó del cordón, paró un auto, y le abrió la puerta a su madre para que subiera primero. La brisa sopló con un poco más de intensidad. Ya se acercaba el otoño; se lo sentía ahí, atrás del nuevo viento.
"Pero qué caballero", exclamó una señora que no había entendido nada.
Con mis 12 pesos en el bolsillo -se me había roto la billetera hacía unos minutos-, contemplé la situación como desde el otro lado del televisor. Es que, realmente, era una gran situación para analizar. Las diferencias entre el rol de la madre y el rol del hijo, tanto generacionalmente como sus diferencias de género; la capacidad ahorrativa de cada uno, las prioridades, etc. Un festín gratuito para cualquier intelectualoide. El olor a tierra mojada volvía el instante más interesante todavía.
Pero la mirada reflexiva y distante que siempre me resultó tan confortable se vio interrumpida por un golpe. Bueno, no exactamente un golpe.
Una gota cayó, casi con inocencia, casi con irrelevancia, sobre mi hombro derecho. Podría haber sido tan insignificante como parece, pero la explosión del impacto fue con tanta furia, con tanta violencia, que esa gota solitaria fue suficiente para estremecerme. Mi interior se removió y revolvió. Algo no estaba bien. Instintivamente, corrí hasta el primer kiosco que vi abierto. No cayó ni una gota más, en el trayecto. Las nubes se amontonaban amenazando.
La mujer que atendía el local no respondía. Los ojos claros, de esos que cambian con el tiempo, estaban fijos en el televisor. En una mano, cambio; en la otra, más firme y estática todavía, un paquete de chicles con nicotina. El dueño de los chicles tenía una mano sobre la frente, y, horrorizado, compartía las imágenes con la kiosquera.
Junté mis ojos con los suyos, y ahí lo vi.
El cielo se había vuelto negro y turbio. Finalmente comprendía las metáforas recargadas de los viejos poetas, de los escritores más pasionales, de cualquiera que hubiera querido describir un fenómeno similar o peor. Mi fe tambaleó por unos instantes, e incluso pensé que el infierno siempre había estado, verdaderamente, sobre nuestras cabezas. La Biblia se equivocaba. La Iglesia se equivocaba. El Hombre, se equivocaba. Imposible.
Pero no era imposible. Una ola majestuosa e igualmente terrorífica se alzó ante nosotros, horrenda y absoluta, terminante y desesperantemente ineludible.
No pude moverme. El gigante reclamaba mi reverencia, mi súplica por su misericordia, y yo no podía moverme. La piedad nunca les llega, realmente, a los cobardes.
Todo era agua. Lo había abrazado todo, y ahora se permitía correr entre los restos de cemento y vida que él mismo había provocado. Me ahogaba, arrastrada en su cólera, y no podía hacer nada. Frente a mí pasaban otros cuerpos, más luchadores pero más vencidos. Todo era ruina. Todo era ruina y muerte.
Aspiré profundamente, con el pánico de quien advierte que se está muriendo, y de alguna manera encontré el aire. No había pestañeado, en todo ese tiempo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y enrojecidos, y la mandíbula acalambrada de apretar los dientes. Temblé casi imperceptiblemente al regresar a mi cuerpo, y, con algo de mi voluntad renovada, miré al gigante de nuevo. Éste, que me daba la espalda, me miró por encima del hombro. No era a mí a la que buscaba. No le interesaba de mí más que mi mirada. No sé si buscaba a alguien en particular, en realidad. Él solo corría. Él corría, y el mundo miraba.
"Qué bárbaro todo esto, ¿no?" Dijo la misma señora de la parada, que se había antojado de un bombón frutal.
Los tres la miramos, ausentes. El hombre tomó su cambio y sus chicles y salió caminando encorvado.
La kiosquera, todavía algo aturdida, cantó el precio equivocado y se disculpó. La señora le sonrió, radiante.
"Realmente, qué calamidad", me dijo.
"Sí. Qué calamidad."
Afuera el sol pegaba más fuerte que antes, y de la brisa no quedaba ni el recuerdo.
Una nube negra, claramente consciente de lo absurda que se veía, iba y venía sin demasiado rumbo.
Día de trámites. Día de viajes en colectivo. La gente en las paradas se amontonaba contra los edificios buscando que hasta el aire hiciera sombra, y varios chicos les reclamaban a sus padres el espíritu tercermundista de gasto prudente. "¿Un taxi?", fueron diciendo de a uno todos los padres, "¿lo pensás pagar vos?" y, con el mismo orden, cada uno de los chicos fue encogiéndose de hombros y adoptando la actitud de no-me-importa que nos sale a todos cuando nos niegan algo que, en realidad, no nos interesa demasiado.
"Sí," dijo uno, ante la sorpresa de todos los otros, "yo lo pago." Y se bajó del cordón, paró un auto, y le abrió la puerta a su madre para que subiera primero. La brisa sopló con un poco más de intensidad. Ya se acercaba el otoño; se lo sentía ahí, atrás del nuevo viento.
"Pero qué caballero", exclamó una señora que no había entendido nada.
Con mis 12 pesos en el bolsillo -se me había roto la billetera hacía unos minutos-, contemplé la situación como desde el otro lado del televisor. Es que, realmente, era una gran situación para analizar. Las diferencias entre el rol de la madre y el rol del hijo, tanto generacionalmente como sus diferencias de género; la capacidad ahorrativa de cada uno, las prioridades, etc. Un festín gratuito para cualquier intelectualoide. El olor a tierra mojada volvía el instante más interesante todavía.
Pero la mirada reflexiva y distante que siempre me resultó tan confortable se vio interrumpida por un golpe. Bueno, no exactamente un golpe.
Una gota cayó, casi con inocencia, casi con irrelevancia, sobre mi hombro derecho. Podría haber sido tan insignificante como parece, pero la explosión del impacto fue con tanta furia, con tanta violencia, que esa gota solitaria fue suficiente para estremecerme. Mi interior se removió y revolvió. Algo no estaba bien. Instintivamente, corrí hasta el primer kiosco que vi abierto. No cayó ni una gota más, en el trayecto. Las nubes se amontonaban amenazando.
La mujer que atendía el local no respondía. Los ojos claros, de esos que cambian con el tiempo, estaban fijos en el televisor. En una mano, cambio; en la otra, más firme y estática todavía, un paquete de chicles con nicotina. El dueño de los chicles tenía una mano sobre la frente, y, horrorizado, compartía las imágenes con la kiosquera.
Junté mis ojos con los suyos, y ahí lo vi.
El cielo se había vuelto negro y turbio. Finalmente comprendía las metáforas recargadas de los viejos poetas, de los escritores más pasionales, de cualquiera que hubiera querido describir un fenómeno similar o peor. Mi fe tambaleó por unos instantes, e incluso pensé que el infierno siempre había estado, verdaderamente, sobre nuestras cabezas. La Biblia se equivocaba. La Iglesia se equivocaba. El Hombre, se equivocaba. Imposible.
Pero no era imposible. Una ola majestuosa e igualmente terrorífica se alzó ante nosotros, horrenda y absoluta, terminante y desesperantemente ineludible.
No pude moverme. El gigante reclamaba mi reverencia, mi súplica por su misericordia, y yo no podía moverme. La piedad nunca les llega, realmente, a los cobardes.
Todo era agua. Lo había abrazado todo, y ahora se permitía correr entre los restos de cemento y vida que él mismo había provocado. Me ahogaba, arrastrada en su cólera, y no podía hacer nada. Frente a mí pasaban otros cuerpos, más luchadores pero más vencidos. Todo era ruina. Todo era ruina y muerte.
Aspiré profundamente, con el pánico de quien advierte que se está muriendo, y de alguna manera encontré el aire. No había pestañeado, en todo ese tiempo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y enrojecidos, y la mandíbula acalambrada de apretar los dientes. Temblé casi imperceptiblemente al regresar a mi cuerpo, y, con algo de mi voluntad renovada, miré al gigante de nuevo. Éste, que me daba la espalda, me miró por encima del hombro. No era a mí a la que buscaba. No le interesaba de mí más que mi mirada. No sé si buscaba a alguien en particular, en realidad. Él solo corría. Él corría, y el mundo miraba.
"Qué bárbaro todo esto, ¿no?" Dijo la misma señora de la parada, que se había antojado de un bombón frutal.
Los tres la miramos, ausentes. El hombre tomó su cambio y sus chicles y salió caminando encorvado.
La kiosquera, todavía algo aturdida, cantó el precio equivocado y se disculpó. La señora le sonrió, radiante.
"Realmente, qué calamidad", me dijo.
"Sí. Qué calamidad."
Afuera el sol pegaba más fuerte que antes, y de la brisa no quedaba ni el recuerdo.
sábado, 5 de marzo de 2011
Durmiente.
Un momento simple. La belleza, retratada en un segundo, una contemplación espontánea e imprevista.
El pelo arremolinado, los rulos dorados descansando, imperfectos y maravillosos, sobre los hombros. La piel tersa e infantil, la curva levemente pronunciada de la espalda que sube y baja con un ritmo suave y pausado. Los brazos rodeando apenas la almohada, delicados y fuertes. Hay palabras en ese abrazo.
La paz. La paz de ver dormir sin ansiedad, sin incomodidad, sin dobles intenciones, sin juegos rebuscados, la claridad de todo lo dicho y lo que es innecesario decir. Los ojos y la boca relajados aún ante las ojeras de la mala noche, la piel retomando de a poco su color de arena, el final de la enfermedad pasajera que de vez en cuando ataca hasta al más fuerte. Los dedos, ni largos, ni finos, ni huesudos. Tiene manos de trabajadora, manos robustas y contundentes pero que saben acariciar dulcemente cuando quieren. El Sol entra por el balcón y parece que pide permiso para iluminarle las piernas. Sus pies son redondeados, con rasgos de quien camina más de lo que duerme.
Sueña. Quién sabe qué sueña. Arruga los dedos, tira pataditas de nena que frenan en el acolchado, frunce el ceño, se mueve, da vueltas. Alza menos de un centímetro la cabeza, despega las pestañas un momento, y eso es todo: la tranquilidad, de nuevo.
Once es ruidoso, de día y de noche. El ruido es el único indicio del paso del tiempo. El viento entra y se va, como si solo viniera a ver qué está pasando, y el aire muta y fluye entre místico y melancólico.
Belleza. Clara, pura, simple belleza. Fragmentos y totalidad, unidos. Y ya va surgiendo, muy desde el fondo, ya siento a la nostalgia aparecer. Palabras hay millones, pero no hay mucho tiempo de plasmarlas. Es que es difícil, disfrutar y contar en simultáneo, prestarle el cuerpo a un otro, entregarse a un momento ajeno y absolutamente irrepetible.
Es difícil, sobre todo, entender la fortuna de presenciar lo efímero, lo inexplicablemente hermoso. Hoy veo más arte en lo puntual que en lo eterno.
Es acá, es ahora, es cada pequeño detalle potenciándose con otros.
Ahí da vueltas otra vez. Suspira, calma y pensativa. Los ojos verde pino dan una vuelta por la habitación. No es hora, todavía; las hojas del árbol de enfrente se siguen meciendo, coquetas y holgadas. Se estira plácidamente. Se acomoda con una mueca sutil y aniñada. Se sonríe.
Otra vez está dormida.
El pelo arremolinado, los rulos dorados descansando, imperfectos y maravillosos, sobre los hombros. La piel tersa e infantil, la curva levemente pronunciada de la espalda que sube y baja con un ritmo suave y pausado. Los brazos rodeando apenas la almohada, delicados y fuertes. Hay palabras en ese abrazo.
La paz. La paz de ver dormir sin ansiedad, sin incomodidad, sin dobles intenciones, sin juegos rebuscados, la claridad de todo lo dicho y lo que es innecesario decir. Los ojos y la boca relajados aún ante las ojeras de la mala noche, la piel retomando de a poco su color de arena, el final de la enfermedad pasajera que de vez en cuando ataca hasta al más fuerte. Los dedos, ni largos, ni finos, ni huesudos. Tiene manos de trabajadora, manos robustas y contundentes pero que saben acariciar dulcemente cuando quieren. El Sol entra por el balcón y parece que pide permiso para iluminarle las piernas. Sus pies son redondeados, con rasgos de quien camina más de lo que duerme.
Sueña. Quién sabe qué sueña. Arruga los dedos, tira pataditas de nena que frenan en el acolchado, frunce el ceño, se mueve, da vueltas. Alza menos de un centímetro la cabeza, despega las pestañas un momento, y eso es todo: la tranquilidad, de nuevo.
Once es ruidoso, de día y de noche. El ruido es el único indicio del paso del tiempo. El viento entra y se va, como si solo viniera a ver qué está pasando, y el aire muta y fluye entre místico y melancólico.
Belleza. Clara, pura, simple belleza. Fragmentos y totalidad, unidos. Y ya va surgiendo, muy desde el fondo, ya siento a la nostalgia aparecer. Palabras hay millones, pero no hay mucho tiempo de plasmarlas. Es que es difícil, disfrutar y contar en simultáneo, prestarle el cuerpo a un otro, entregarse a un momento ajeno y absolutamente irrepetible.
Es difícil, sobre todo, entender la fortuna de presenciar lo efímero, lo inexplicablemente hermoso. Hoy veo más arte en lo puntual que en lo eterno.
Es acá, es ahora, es cada pequeño detalle potenciándose con otros.
Ahí da vueltas otra vez. Suspira, calma y pensativa. Los ojos verde pino dan una vuelta por la habitación. No es hora, todavía; las hojas del árbol de enfrente se siguen meciendo, coquetas y holgadas. Se estira plácidamente. Se acomoda con una mueca sutil y aniñada. Se sonríe.
Otra vez está dormida.
jueves, 3 de febrero de 2011
Él.
Empieza así, de repente.
Esté uno presente o no.
Se asienta y se expande de nada,
Porque encuentra base en cualquier lado,
Porque sabe nutrirse de absolutamente cualquier cosa,
Porque es capaz de alimentarse del tiempo,
Del espacio,
De uno,
De cada ausencia y presencia,
De cada circunstancia,
Duda, certeza, orgullo y arrepentimiento;
Porque aprecia, pero más que nada porque entiende
La represión forzada en la virtud,
La voz desesperada del defecto;
Lo humano de la dualidad, de la contradicción constante,
La lucha, la resignación, noble o cobarde.
Es porque entiende, que nunca retrocede.
Y sabe que juzgarse es un juego riesgoso,
Y sabe que jugarse puede implicar perder,
Pero no duda mucho,
Tal vez porque no piensa.
Por eso la razón no lo acompaña,
Pero aun así, le muestra su respeto...
Esté uno presente o no.
Se asienta y se expande de nada,
Porque encuentra base en cualquier lado,
Porque sabe nutrirse de absolutamente cualquier cosa,
Porque es capaz de alimentarse del tiempo,
Del espacio,
De uno,
De cada ausencia y presencia,
De cada circunstancia,
Duda, certeza, orgullo y arrepentimiento;
Porque aprecia, pero más que nada porque entiende
La represión forzada en la virtud,
La voz desesperada del defecto;
Lo humano de la dualidad, de la contradicción constante,
La lucha, la resignación, noble o cobarde.
Es porque entiende, que nunca retrocede.
Y sabe que juzgarse es un juego riesgoso,
Y sabe que jugarse puede implicar perder,
Pero no duda mucho,
Tal vez porque no piensa.
Por eso la razón no lo acompaña,
Pero aun así, le muestra su respeto...
miércoles, 5 de enero de 2011
Sobre signos, I. Una pequeña reflexión impulsiva.
Estoy un poquito cansada de los piscianos. También de los escorpianos, es cierto. También de los leoninos, acuarianos, capricornianos, arianos, cancerianos (?), geminianos, taurinos, virginianos, sagitarianos, y, cómo olvidarnos a nosotros, los librianos. Somos todos un kilombo. Sencillamente. Hayamos nacido el día que hayamos nacido, somos sencilla y concretamente un kilombo. Demasiado miedo o demasiado impulso, demasiada cabeza o demasiado cuerpo. Todos tenemos nuestra propia manera de complicar las cosas, de ponerle trabas a lo que queremos. Algunos actúan sin pensar en las consecuencias, otros pensamos todo más de lo necesario -y de lo saludable-.
Ninguna de esas opciones parece aconsejable. Cada una conlleva sus riesgos y sus respectivos simpatizantes se aferran, lógicamente, a sus ventajas. El que actúa sin pensar arriesga mucho, porque, seamos honestos, quién no se lamentó alguna vez, convencido de que podría haber hecho todo muchísimo mejor si se hubiera detenido a pensar, a preguntarse por un segundo -tal vez dos, por qué no- qué carajo estaba haciendo, por qué, para qué, y con qué cara se iba a levantar a la mañana siguiente después de semejante momento, haya resultado o no. Porque ese es el tema: la acción engendra tal exposición, tal vulnerabilidad ante un otro en muchos casos, que a nosotros, lo que pensamos todo, suele aterrarnos hasta la inofensiva idea, e incluso, racionalización de por medio, nos parece casi ridícula.
El impulsivo diría, ¿para qué quiero pensar las cosas? La idea es hacer lo que uno siente y bueno, ver cómo sale, hay que jugarse en la vida, ¿o no? El impulsivo tiene una buena posibilidad de conseguir lo que quiere, porque sopesa solo ante el momento. El pasado y el futuro casi no juegan en su lectura; tantea, y si cree que puede ir, va.
El reflexivo -por ejemplo, quien escribe- tiene una visión un poco más abarcativa (y densa) del asunto.
El problema del reflexivo no es que piense las cosas. El problema es cuánto las piensa, y que no deja de pensarlas. Sería algo así como, ¿Cómo no voy a pensar las cosas? ¿Y si por actuar lastimo a alguien? ¿Y si sale mal y arruino todo? ¿Y si no puedo decir las cosas como quiero y termina peor de lo que estaba? ¿Y si es invento mío? ¿Y si un mapache gigante se aparece en patineta y la rapta mientras estamos hablando? Ahí todo va a quedar peor seguro... Mejor no hago nada.
Lo del mapache gigante no fue tan así. Fue con un hipopótamo, y estábamos en un zoológico, y tenía 12. Con todos esos atenuantes no era una situación absolutamente imposible, sobre todo eliminando la patineta. Pero ese no es el punto. Sigamos.
El reflexivo suele tener pocas posibilidades de conseguir lo que quiere, porque ante cada situación sopesa todo. Sencilla y modestamente, todo. Reacciones anteriores ante iguales planteos, situaciones similares, respuestas lógicas ante determinados temas, enfoques preferidos, acercamientos exitosos, lecturas actitudinales, apertura paulatina para no forzar la intimidad, honestidad moderada para no chocar, captar los tiempos ajenos y ver, y evaluar, y analizar una y otra vez por las dudas, porque, al no tener más que las pequeñas oportunidades que se procura y genera, no hay margen para el error. El reflexivo es un agente de la CIA no reconocido. Complica porque, como es claro, no conoce otra manera de acercarse. El problema es que entre tanta planificación -que, vale aclarar, casi nunca sale como fue prevista- la acción es más bien una expresión utópica de algo a lo que eventualmente se debería llegar de forma natural. No es así. Si uno no hace algo, ese algo generalmente no se hace solo. Es una pena, pero además, una realidad. Esto es lo que lo vuelve inoperante, aún más que al impulsivo.
Podría escribir todo la noche sobre esto, pero no podría leerlo, por lo que quizás sea preferible darle un cierre.
Mi punto era, básicamente, que ni el impulsivo ni el reflexivo tienen muy en claro qué hacer consigo mismos ni cómo. El impulsivo muchas veces sufre su falta de templanza y criterio, pero gana en su valentía (o necedad, porque es cierto que por valiente pasan muchos idiotas) de, por lo menos, intentar conseguir lo que quiere, aún con los riesgos que eso le signifique.
El reflexivo maldice su cobardía, su falta de espontaneidad a la hora de sumergirse en el momento y dejarse ser sin analizar qué está siendo, pero gana en su sensatez y su cautela a la hora de aunque sea, pensar en actuar. Su prudencia y necesidad de conocer el desenlace antes de aventurarse lo protegen y a la vez lo condenan, y por eso termina sufriendo tanto o más que el impulsivo, que logra tener las cosas claras, de una manera u otra.
Estoy harta de ser reflexiva. Se me acabaron las ganas de adivinar lo que los demás piensan y sienten, lo que en realidad insinúan cuando dicen otra cosa, lo que debería entender de cada mensaje cifrado; somos todos muy distintos y muy únicos, ni yo tengo por qué ni cómo saber qué quiere decir alguien, ni nadie tiene por qué saber lo que quiero o siento, si no lo digo. ¿Para qué complicar las cosas, si ya intentando ser simples somos complejos?
Se acabaron mis años de telepatía. ¿Más claro? Echale agua. O pedile a un canceriano que te tire la posta, que los librianos estamos para hacer discursos adornaditos e ingeniosos, no para andar profesando verdades.
Qué sé yo.
Ninguna de esas opciones parece aconsejable. Cada una conlleva sus riesgos y sus respectivos simpatizantes se aferran, lógicamente, a sus ventajas. El que actúa sin pensar arriesga mucho, porque, seamos honestos, quién no se lamentó alguna vez, convencido de que podría haber hecho todo muchísimo mejor si se hubiera detenido a pensar, a preguntarse por un segundo -tal vez dos, por qué no- qué carajo estaba haciendo, por qué, para qué, y con qué cara se iba a levantar a la mañana siguiente después de semejante momento, haya resultado o no. Porque ese es el tema: la acción engendra tal exposición, tal vulnerabilidad ante un otro en muchos casos, que a nosotros, lo que pensamos todo, suele aterrarnos hasta la inofensiva idea, e incluso, racionalización de por medio, nos parece casi ridícula.
El impulsivo diría, ¿para qué quiero pensar las cosas? La idea es hacer lo que uno siente y bueno, ver cómo sale, hay que jugarse en la vida, ¿o no? El impulsivo tiene una buena posibilidad de conseguir lo que quiere, porque sopesa solo ante el momento. El pasado y el futuro casi no juegan en su lectura; tantea, y si cree que puede ir, va.
El reflexivo -por ejemplo, quien escribe- tiene una visión un poco más abarcativa (y densa) del asunto.
El problema del reflexivo no es que piense las cosas. El problema es cuánto las piensa, y que no deja de pensarlas. Sería algo así como, ¿Cómo no voy a pensar las cosas? ¿Y si por actuar lastimo a alguien? ¿Y si sale mal y arruino todo? ¿Y si no puedo decir las cosas como quiero y termina peor de lo que estaba? ¿Y si es invento mío? ¿Y si un mapache gigante se aparece en patineta y la rapta mientras estamos hablando? Ahí todo va a quedar peor seguro... Mejor no hago nada.
Lo del mapache gigante no fue tan así. Fue con un hipopótamo, y estábamos en un zoológico, y tenía 12. Con todos esos atenuantes no era una situación absolutamente imposible, sobre todo eliminando la patineta. Pero ese no es el punto. Sigamos.
El reflexivo suele tener pocas posibilidades de conseguir lo que quiere, porque ante cada situación sopesa todo. Sencilla y modestamente, todo. Reacciones anteriores ante iguales planteos, situaciones similares, respuestas lógicas ante determinados temas, enfoques preferidos, acercamientos exitosos, lecturas actitudinales, apertura paulatina para no forzar la intimidad, honestidad moderada para no chocar, captar los tiempos ajenos y ver, y evaluar, y analizar una y otra vez por las dudas, porque, al no tener más que las pequeñas oportunidades que se procura y genera, no hay margen para el error. El reflexivo es un agente de la CIA no reconocido. Complica porque, como es claro, no conoce otra manera de acercarse. El problema es que entre tanta planificación -que, vale aclarar, casi nunca sale como fue prevista- la acción es más bien una expresión utópica de algo a lo que eventualmente se debería llegar de forma natural. No es así. Si uno no hace algo, ese algo generalmente no se hace solo. Es una pena, pero además, una realidad. Esto es lo que lo vuelve inoperante, aún más que al impulsivo.
Podría escribir todo la noche sobre esto, pero no podría leerlo, por lo que quizás sea preferible darle un cierre.
Mi punto era, básicamente, que ni el impulsivo ni el reflexivo tienen muy en claro qué hacer consigo mismos ni cómo. El impulsivo muchas veces sufre su falta de templanza y criterio, pero gana en su valentía (o necedad, porque es cierto que por valiente pasan muchos idiotas) de, por lo menos, intentar conseguir lo que quiere, aún con los riesgos que eso le signifique.
El reflexivo maldice su cobardía, su falta de espontaneidad a la hora de sumergirse en el momento y dejarse ser sin analizar qué está siendo, pero gana en su sensatez y su cautela a la hora de aunque sea, pensar en actuar. Su prudencia y necesidad de conocer el desenlace antes de aventurarse lo protegen y a la vez lo condenan, y por eso termina sufriendo tanto o más que el impulsivo, que logra tener las cosas claras, de una manera u otra.
Estoy harta de ser reflexiva. Se me acabaron las ganas de adivinar lo que los demás piensan y sienten, lo que en realidad insinúan cuando dicen otra cosa, lo que debería entender de cada mensaje cifrado; somos todos muy distintos y muy únicos, ni yo tengo por qué ni cómo saber qué quiere decir alguien, ni nadie tiene por qué saber lo que quiero o siento, si no lo digo. ¿Para qué complicar las cosas, si ya intentando ser simples somos complejos?
Se acabaron mis años de telepatía. ¿Más claro? Echale agua. O pedile a un canceriano que te tire la posta, que los librianos estamos para hacer discursos adornaditos e ingeniosos, no para andar profesando verdades.
Qué sé yo.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Contemplativa.
Escribo como digo,
Pausado, torpe, inadecuada,
Con una idea enorme en la garganta
Que no termina nunca de salir.
Contradictoria, pero razonable,
Estéticamente estructurada,
Esclava de mi mente, de mis mundos,
Consternada. Repetitiva.
Ensayando para cuando decida
Liberarme,
O simplemente aceptar mis propias cadenas y
Usarlas.
No puedo evitar mi orden, mis reglas auto impuestas.
No sé quebrar reglamentos o leyes que llevo dentro.
¿Me romperé al rebelarme?
¿Me romperé al revelarme?
No es posible,
No hay manera;
Hoy estoy contemplativa,
Y eso de ponerle el cuerpo a las preguntas
Ni me sale sin pensar, ni me convence.
Pausado, torpe, inadecuada,
Con una idea enorme en la garganta
Que no termina nunca de salir.
Contradictoria, pero razonable,
Estéticamente estructurada,
Esclava de mi mente, de mis mundos,
Consternada. Repetitiva.
Ensayando para cuando decida
Liberarme,
O simplemente aceptar mis propias cadenas y
Usarlas.
No puedo evitar mi orden, mis reglas auto impuestas.
No sé quebrar reglamentos o leyes que llevo dentro.
¿Me romperé al rebelarme?
¿Me romperé al revelarme?
No es posible,
No hay manera;
Hoy estoy contemplativa,
Y eso de ponerle el cuerpo a las preguntas
Ni me sale sin pensar, ni me convence.
viernes, 26 de noviembre de 2010
Reloj.
Termina, ya se termina
siga derecho nomás
las agujas van solas.
No se preocupe
no hace falta que haga
nada.
Duerma, si quiere
mire, mírelas girar
girar otra vez.
Son dos minutos nomás, no se desespere,
acá nadie apura.
Hay tiempo para otra
sonrisa, para otro recuerdo.
Un ceño fruncido, por qué no.
Alguna arruga nueva;
La muñeca marcada,
ya viene
es un segundo más,
y se termina.
siga derecho nomás
las agujas van solas.
No se preocupe
no hace falta que haga
nada.
Duerma, si quiere
mire, mírelas girar
girar otra vez.
Son dos minutos nomás, no se desespere,
acá nadie apura.
Hay tiempo para otra
sonrisa, para otro recuerdo.
Un ceño fruncido, por qué no.
Alguna arruga nueva;
La muñeca marcada,
ya viene
es un segundo más,
y se termina.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Desapasionadamente.
Soy la forma más exacta
Del patrón más imperfecto
Soy la vida sin matices,
Soy el camino marcado.
Casual como una mentira,
Como un sueño y como un mundo,
Como un fuego centelleando
Desapasionadamente.
Tal cual nombre sin origen,
O juego sin reglamento,
O pilar que no sostiene,
O diosa que no perdona,
Cada cosa que percibo
Me es efímera y ajena,
Miserable, intrascendente,
Despreciable, accesoria.
Así es como yo me aparto
Del placer que no conozco
Del deseo y la lujuria
De vivir más plenamente.
Así es como yo me escondo
Cómo logro escabullirme,
De las ganas de expresarme y
No saber cómo decirlo;
De probar nuevas opciones
Que no pueden convencerme,
De no estar nunca del todo
Suficientemente cerca.
Soy la forma más exacta
De esquivarme sin recelo.
Soy la sombra del camino
Que no llegó a ningún lado.
Soy la que dice y no dice,
La que intenta que la escuches,
La que habló de sincerarse
Y al final no dijo nada.
Soy casual como la vida,
Tan efímera y ajena;
Era el fuego, y ahora, ardo,
Desapasionadamente.
Del patrón más imperfecto
Soy la vida sin matices,
Soy el camino marcado.
Casual como una mentira,
Como un sueño y como un mundo,
Como un fuego centelleando
Desapasionadamente.
Tal cual nombre sin origen,
O juego sin reglamento,
O pilar que no sostiene,
O diosa que no perdona,
Cada cosa que percibo
Me es efímera y ajena,
Miserable, intrascendente,
Despreciable, accesoria.
Así es como yo me aparto
Del placer que no conozco
Del deseo y la lujuria
De vivir más plenamente.
Así es como yo me escondo
Cómo logro escabullirme,
De las ganas de expresarme y
No saber cómo decirlo;
De probar nuevas opciones
Que no pueden convencerme,
De no estar nunca del todo
Suficientemente cerca.
Soy la forma más exacta
De esquivarme sin recelo.
Soy la sombra del camino
Que no llegó a ningún lado.
Soy la que dice y no dice,
La que intenta que la escuches,
La que habló de sincerarse
Y al final no dijo nada.
Soy casual como la vida,
Tan efímera y ajena;
Era el fuego, y ahora, ardo,
Desapasionadamente.
jueves, 28 de octubre de 2010
Desde una grieta.
Las palabras, para conseguir que les reconozcan algún valor, tienen que encontrar su lugar. ¿Su lugar en dónde, sería la pregunta? Bueno, he aquí el problema. ¿Su lugar en dónde?
Es por esto que encontramos, creo yo, tan pocas palabras valiosas últimamente; porque nadie sabe adónde deberían ir, ni adónde dejarlas, o en dónde deberían estar...
La meta del escritor sería, supuestamente, encontrar ese determinado espacio para sus palabras en el medio de esta inmensa marea de frases y más frases, de sentimientos que buscan palabras y palabras que buscan sentimiento, o precisión, o sentido, por qué no.
Andaba pensando en esto justamente el otro día, tirando frases al aire, viendo si alguna caía haciéndose un lugar en esa atmósfera tensa que se forma últimamente cuando estamos a solas mi conciencia y yo (venimos discutiendo acaloradamente, temo una separación), o tal vez no en ese mismo momento ni en ese mismo lugar; en un papel, sería maravilloso que las frases que uno le entrega al aire aterricen suavemente en un papel, revisada la calidad y corregida la ortografía.
Yo no sé adónde van mis palabras; no sé adónde deberían ir. No sé si deberían ir, siquiera, porque quizás deberían quedarse, o irse y volver, o irse y quedarse, o irse y quedarse al mismo tiempo. Quién sabe.
Ambivalencia. Esa es mi palabra favorita. Cultismo. Latina. 12 letras (coincidencia nomás). "Estado, transitorio o permanente, en el que coexisten dos emociones o sentimientos opuestos; como el amor y el odio, ó condición de lo que se presta a dos interpretaciones opuestas. Del prefijo ambi, que significa 'a uno y otro lado' y del sufijo valente, que significa 'que posee una determinada valencia'".
La ambivalencia, siempre creí, debe dejar una huella pendular en uno, un surco que con cada vaivén se profundiza. No deja de moverse nunca, no para a preguntarse si su balanceo es el correcto, solo se mueve. Y como llega a ambos extremos, sabe que en algún momento se va a equivocar, pero en otro va a estar orientado correctamente.
Si tan solo me permitiera esperar hasta que el péndulo llegue al otro lado...
Pero no. Yo quiero dos lados correctos. ¿Y por qué no puedo tenerlos? ¿Por qué si uno está bien, el otro tiene que estar mal? La dualidad es sencillísima, pero es tan, tan irreal...
Yo nunca sé para dónde van a irse mis pensamientos, tiene sentido que mis palabras compartan el mismo destino. No sé si quedarán acá, estancadas, no sé si ya estarán viajando; generalmente se hacen un lugar adónde pueden, si no en los otros, en mí -aunque suelo ser una suerte de último recurso-, o se deslizan por las grietas de alguna frase anterior y ajena que las apañe. Y ahí se quedan, quietas y mudas, esperando a que a un aventurero se le ocurra revolver más allá de los clásicos; a que, 170 años después, algún político decida que a su campaña le falta lírica; a que un turista accidental se las lleve a su lugar de origen, lejos, tan lejos como sea posible, donde el ambiente, mágicamente espacioso, tenga lugar para todos.
O por lo menos tenga grietas más amplias.
Es por esto que encontramos, creo yo, tan pocas palabras valiosas últimamente; porque nadie sabe adónde deberían ir, ni adónde dejarlas, o en dónde deberían estar...
La meta del escritor sería, supuestamente, encontrar ese determinado espacio para sus palabras en el medio de esta inmensa marea de frases y más frases, de sentimientos que buscan palabras y palabras que buscan sentimiento, o precisión, o sentido, por qué no.
Andaba pensando en esto justamente el otro día, tirando frases al aire, viendo si alguna caía haciéndose un lugar en esa atmósfera tensa que se forma últimamente cuando estamos a solas mi conciencia y yo (venimos discutiendo acaloradamente, temo una separación), o tal vez no en ese mismo momento ni en ese mismo lugar; en un papel, sería maravilloso que las frases que uno le entrega al aire aterricen suavemente en un papel, revisada la calidad y corregida la ortografía.
Yo no sé adónde van mis palabras; no sé adónde deberían ir. No sé si deberían ir, siquiera, porque quizás deberían quedarse, o irse y volver, o irse y quedarse, o irse y quedarse al mismo tiempo. Quién sabe.
Ambivalencia. Esa es mi palabra favorita. Cultismo. Latina. 12 letras (coincidencia nomás). "Estado, transitorio o permanente, en el que coexisten dos emociones o sentimientos opuestos; como el amor y el odio, ó condición de lo que se presta a dos interpretaciones opuestas. Del prefijo ambi, que significa 'a uno y otro lado' y del sufijo valente, que significa 'que posee una determinada valencia'".
La ambivalencia, siempre creí, debe dejar una huella pendular en uno, un surco que con cada vaivén se profundiza. No deja de moverse nunca, no para a preguntarse si su balanceo es el correcto, solo se mueve. Y como llega a ambos extremos, sabe que en algún momento se va a equivocar, pero en otro va a estar orientado correctamente.
Si tan solo me permitiera esperar hasta que el péndulo llegue al otro lado...
Pero no. Yo quiero dos lados correctos. ¿Y por qué no puedo tenerlos? ¿Por qué si uno está bien, el otro tiene que estar mal? La dualidad es sencillísima, pero es tan, tan irreal...
Yo nunca sé para dónde van a irse mis pensamientos, tiene sentido que mis palabras compartan el mismo destino. No sé si quedarán acá, estancadas, no sé si ya estarán viajando; generalmente se hacen un lugar adónde pueden, si no en los otros, en mí -aunque suelo ser una suerte de último recurso-, o se deslizan por las grietas de alguna frase anterior y ajena que las apañe. Y ahí se quedan, quietas y mudas, esperando a que a un aventurero se le ocurra revolver más allá de los clásicos; a que, 170 años después, algún político decida que a su campaña le falta lírica; a que un turista accidental se las lleve a su lugar de origen, lejos, tan lejos como sea posible, donde el ambiente, mágicamente espacioso, tenga lugar para todos.
O por lo menos tenga grietas más amplias.
domingo, 2 de mayo de 2010
Esclavitud adueñada.
Hay verdades y verdades. Verdades extraordinarias, verdades injustas, verdades a medias que casi ni llegan a ser verdades; verdades curiosas, verdades celosas, verdades que nadie quiere conocer y verdades que todos anhelan y buscan. Verdades fantásticas, de una naturaleza casi milagrosa -para los que son creyentes, claro-, y verdades terribles.
Algunas verdades, más ciertas que otras, nos marcan sin mucho qué hacer al respecto. Nos chocan, nos tocan, nos penetran con su irrefutable realidad; nos enfrentan duramente a nosotros mismos -en esos maravillosos y a la vez terribles momentos en los que parecemos ser un millón de emociones fantasmas arremolinadas en un solo cuerpo- y, generalmente, consiguen que las escuchemos, muy a nuestro pesar. No hay mucho que se pueda hacer contra la(s) verdad(es). ¿Cuál es el sentido? ¿No decimos siempre que es mejor saber la verdad, aunque lastime?
...Pero también hay mentiras y mentiras. Hay mentiras increíbles -en ambos sentidos-, mentiras injustas y justas, mentiras a medias -que a nadie le importan-, mentiras piadosas o blancas, mentiras con poco futuro. Mentiras fantásticas, de una calidad realmente magnífica -que, lógicamente, cuestan muchísimo más trabajo que la verdad-, y mentiras terribles.
Algunas mentiras, más fuertes que otras, nos marcan sin mucho qué hacer al respecto. Las mentiras no chocan hasta ser descubiertas, puesto que eso iría en contra de todo lo que plantean. Mientras tanto nos tocan, nos conquistan, nos envuelven con la seductora -tan irremediablemente seductora- posibilidad de que algo que tememos sea solo una ilusión, que es, curiosamente, a lo que nos entregamos para evitar esa misma certeza.
...Hay verdades y mentiras que elegimos conservar. Otras, mientras más queramos olvidarlas, más se fijan a nosotros. Por eso no le veo sentido a olvidar.
Solemos decir que la verdad es fría, y tal vez sea cierto. Tal vez la mentira es un acto más apasionado -lo cual tendría sentido en nuestro entendimiento de la pasión, a la que por alguna razón condenamos sin mucha reflexión a ser tortuosa y sufrida-, y tal vez la verdad sea la decisión más prudente de las dos, pero hay veces que no entiendo el sentido ni de una ni de la otra.
Si seremos hipócritas, ¿eh? ¿O acaso no elegimos las verdades que compartimos y mentimos cuando una de ellas no nos favorece? Nadie es completamente honesto, ¿por qué habríamos de serlo? ¿Hay algo que nos obligue a contar todo? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿No puedo yo, y cualquier otro, elegir lo que comparto de mí misma y con quién lo comparto? ¿Qué es lo que nos atrae tanto teóricamente de la verdad, y prácticamente de la mentira?
¿Será que aspiramos a mostrarnos como somos y al fallar casi grotescamente tenemos la necesidad de saberlo todo y exigir a otros lo que no cumplimos? Cómo nos cuesta admitirnos mortales, humanos, tan imperfectos como somos. O quizás no seamos imperfectos; quién soy yo para sentenciar algo así.
Supongo que la regla fundamental a seguir cuando uno trata con la verdad y la mentira es siempre, pero siempre, saber cuál de las dos se está usando,y no dudarlo ni por un segundo. Si no, uno termina tan traicionado como los demás. Eso es tan fácil...
"El hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras". No recuerdo a quién le estaba atribuida esa frase. Mentiría si arriesgara un nombre. Por eso mismo, concluyo mis pensamientos con una medida espontánea, y, sin mucha reflexión, me separo por un momento de mis silencios -fieles y conocidos compañeros que ya de por sí, si tomo esta frase como real, son míos- y me adueño furtiva, inesperadamente, de mi esclavitud. Es que hoy prefiero decir que ser libre, porque a veces es el no decir el que aprisiona. Al menos, ese es el ideal que me gustaría respetar.
Hay decisiones que hacen a nuestro futuro más incierto, más difícil, más sacrificado que otras, pero, ciertamente, también lo hacen mucho más interesante.
Algunas verdades, más ciertas que otras, nos marcan sin mucho qué hacer al respecto. Nos chocan, nos tocan, nos penetran con su irrefutable realidad; nos enfrentan duramente a nosotros mismos -en esos maravillosos y a la vez terribles momentos en los que parecemos ser un millón de emociones fantasmas arremolinadas en un solo cuerpo- y, generalmente, consiguen que las escuchemos, muy a nuestro pesar. No hay mucho que se pueda hacer contra la(s) verdad(es). ¿Cuál es el sentido? ¿No decimos siempre que es mejor saber la verdad, aunque lastime?
...Pero también hay mentiras y mentiras. Hay mentiras increíbles -en ambos sentidos-, mentiras injustas y justas, mentiras a medias -que a nadie le importan-, mentiras piadosas o blancas, mentiras con poco futuro. Mentiras fantásticas, de una calidad realmente magnífica -que, lógicamente, cuestan muchísimo más trabajo que la verdad-, y mentiras terribles.
Algunas mentiras, más fuertes que otras, nos marcan sin mucho qué hacer al respecto. Las mentiras no chocan hasta ser descubiertas, puesto que eso iría en contra de todo lo que plantean. Mientras tanto nos tocan, nos conquistan, nos envuelven con la seductora -tan irremediablemente seductora- posibilidad de que algo que tememos sea solo una ilusión, que es, curiosamente, a lo que nos entregamos para evitar esa misma certeza.
...Hay verdades y mentiras que elegimos conservar. Otras, mientras más queramos olvidarlas, más se fijan a nosotros. Por eso no le veo sentido a olvidar.
Solemos decir que la verdad es fría, y tal vez sea cierto. Tal vez la mentira es un acto más apasionado -lo cual tendría sentido en nuestro entendimiento de la pasión, a la que por alguna razón condenamos sin mucha reflexión a ser tortuosa y sufrida-, y tal vez la verdad sea la decisión más prudente de las dos, pero hay veces que no entiendo el sentido ni de una ni de la otra.
Si seremos hipócritas, ¿eh? ¿O acaso no elegimos las verdades que compartimos y mentimos cuando una de ellas no nos favorece? Nadie es completamente honesto, ¿por qué habríamos de serlo? ¿Hay algo que nos obligue a contar todo? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿No puedo yo, y cualquier otro, elegir lo que comparto de mí misma y con quién lo comparto? ¿Qué es lo que nos atrae tanto teóricamente de la verdad, y prácticamente de la mentira?
¿Será que aspiramos a mostrarnos como somos y al fallar casi grotescamente tenemos la necesidad de saberlo todo y exigir a otros lo que no cumplimos? Cómo nos cuesta admitirnos mortales, humanos, tan imperfectos como somos. O quizás no seamos imperfectos; quién soy yo para sentenciar algo así.
Supongo que la regla fundamental a seguir cuando uno trata con la verdad y la mentira es siempre, pero siempre, saber cuál de las dos se está usando,y no dudarlo ni por un segundo. Si no, uno termina tan traicionado como los demás. Eso es tan fácil...
"El hombre es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras". No recuerdo a quién le estaba atribuida esa frase. Mentiría si arriesgara un nombre. Por eso mismo, concluyo mis pensamientos con una medida espontánea, y, sin mucha reflexión, me separo por un momento de mis silencios -fieles y conocidos compañeros que ya de por sí, si tomo esta frase como real, son míos- y me adueño furtiva, inesperadamente, de mi esclavitud. Es que hoy prefiero decir que ser libre, porque a veces es el no decir el que aprisiona. Al menos, ese es el ideal que me gustaría respetar.
Hay decisiones que hacen a nuestro futuro más incierto, más difícil, más sacrificado que otras, pero, ciertamente, también lo hacen mucho más interesante.
lunes, 8 de marzo de 2010
Calavera no chilla.
No estoy acostumbrada a no poder poner en palabras lo que siento. Es así. La explicación siempre se me da fácilmente; me es familiar. Mi mirada antropológica, como diría Betty, de la vida -y particularmente de mi vida-, me permite elevarme de la situación en la que me vea involucrada y, sencillamente, describirla cual científico en su laboratorio. Me paro a un costado (algunas veces no literalmente, claro) y trato de entender qué está pasando; observo a la gente, la estudio, la leo; registro los detalles y presto atención a la omisiones. Saco conclusiones y trato de deducir las consecuencias que tendrían determinados pensamientos si evolucionaran en acciones. Es simple. Es seguro. Es cómodo. Es lejano a la realidad y al sentimiento en sí. Es racional, inofensivo, armónico. Incluso se puede volver estético.
El único problema que esta forma de... supervivencia parece tener es la facilidad con la que uno puede, a menudo, encontrarse fuera de terreno conocido. ¿Y entonces qué? ¿Qué se hace?
Si estuviera de mejor humor diría algo del estilo de "en esas situaciones, lo que se hace es, finalmente, abandonar esa posición pasiva de limitarse únicamente a pasar la vida como un calendario y empezar a vivir: aventurarse tal vez no sin miedo, pero con decisión ante esta nueva oportunidad de ser uno y no quedarse dentro de esa jaula que creamos para no poder conocernos del todo ni ver dónde podríamos llegar". No es el caso. Me incomoda la incertidumbre. Me incomoda no poder expresarme. ¡Me incomodás! Me incomodás y no tengo manera de controlarlo -cosa que me incomoda aún más, a mí, que nunca pierdo el control- porque... porque no sé por qué.
Porque puedo lidiar con el afecto, la atracción, la confusión, el enojo, la frustración, la fascinación, la decepción, la melancolía, el resentimiento, la admiración, la nada. Puedo lidiar con todo eso, más allá de lo que me genere cada cosa. Puedo lidiar con todo eso porque puedo racionalizarlo y entender de dónde viene y cómo resolverlo. Pero la incomodidad... ¿qué hacés con la incomodidad? ¿cómo dejás de estar incómodo? ¿Y qué hacés cuando sabés qué te incomoda, pero no podés evitarlo?
Vale aclarar que no estoy mal, ni triste, ni angustiada, ni nada de eso. Ni cerca. Simplemente hay tanto que no estoy diciendo y tanto más que no quiero decir, y estás vos, estás vos y no sabés que estás y no sé si yo quiero que sepas. Conclusión: me metí en esto yo solita.
Y claro: Calavera no chilla, pero, y ahora...
¿...Qué hacemos?
El único problema que esta forma de... supervivencia parece tener es la facilidad con la que uno puede, a menudo, encontrarse fuera de terreno conocido. ¿Y entonces qué? ¿Qué se hace?
Si estuviera de mejor humor diría algo del estilo de "en esas situaciones, lo que se hace es, finalmente, abandonar esa posición pasiva de limitarse únicamente a pasar la vida como un calendario y empezar a vivir: aventurarse tal vez no sin miedo, pero con decisión ante esta nueva oportunidad de ser uno y no quedarse dentro de esa jaula que creamos para no poder conocernos del todo ni ver dónde podríamos llegar". No es el caso. Me incomoda la incertidumbre. Me incomoda no poder expresarme. ¡Me incomodás! Me incomodás y no tengo manera de controlarlo -cosa que me incomoda aún más, a mí, que nunca pierdo el control- porque... porque no sé por qué.
Porque puedo lidiar con el afecto, la atracción, la confusión, el enojo, la frustración, la fascinación, la decepción, la melancolía, el resentimiento, la admiración, la nada. Puedo lidiar con todo eso, más allá de lo que me genere cada cosa. Puedo lidiar con todo eso porque puedo racionalizarlo y entender de dónde viene y cómo resolverlo. Pero la incomodidad... ¿qué hacés con la incomodidad? ¿cómo dejás de estar incómodo? ¿Y qué hacés cuando sabés qué te incomoda, pero no podés evitarlo?
Vale aclarar que no estoy mal, ni triste, ni angustiada, ni nada de eso. Ni cerca. Simplemente hay tanto que no estoy diciendo y tanto más que no quiero decir, y estás vos, estás vos y no sabés que estás y no sé si yo quiero que sepas. Conclusión: me metí en esto yo solita.
Y claro: Calavera no chilla, pero, y ahora...
¿...Qué hacemos?
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Diez años después.
Blancanieves nunca quiso ser realeza;
Aunque ella lo niegue en su rostro se aprecia.
Quiere ver montañas y desde sus cumbres
El viento y las nubes poder alcanzar.
Presa en sus vestidos de seda se aburre,
Y de las costumbres no quiere ni hablar.
Ella está rodeada de gente tan fría;
Se siente una extraña, se siente vacía.
Vuela frente a ella un cumplido engañoso,
Y cierra los ojos por no protestar.
Porque en su palacio todo es tan hermoso,
Que nada a la vista se puede tocar.
No puede evitar añorar el pasado,
Sus buenos amigos, su casa, su prado.
Ahora está casada y planea reuniones
Sin más libertad que sentarse a opinar.
Aprendió a escuchar y a esconder emociones,
Y aún así su voz no se deja engañar.
Se vistió radiante, como corresponde
-La pana delata lo que el cuerpo esconde-.
El príncipe azul que se acerca indeciso
Demuestra interés y la invita a bailar.
Ella le sonríe y con gesto impreciso
Niega cortésmente y se vuelve a sentar.
Es que está cansada de tantos regalos,
La llenan de joyas, la llenan de esclavos…
Aunque los acepte por ser complaciente,
A puertas cerradas los deja escapar.
Las joyas le gustan pero no las siente;
Las tira a la fuente por verlas brillar.
La dejaron sola y la reina anda suelta,
Prometió encontrarla y vengarse a su vuelta.
Sabe que no hay suerte que pueda ayudarla
Pero al parecer no la llega a afectar.
En su mente hay cosas que suelen cegarla,
Ni las amenazas se pueden filtrar.
Corre hasta su torre y se encierra en su cuarto
A leer los cuentos que le gustan tanto.
Canta recitando finales felices,
Pero ya ni eso la puede alegrar.
Es que Blancanieves no tiene matices,
Y cuando está triste no sabe llorar.
Dime, Blancanieves, qué es lo que te apena,
Que ya no sonríes cuando el río suena;
Rosas y palomas adornan tus sueños,
Pero solo en ellos se van a quedar.
Acaso ha perdido la luna su encanto
Que ya no te escapas a verla brillar?
Vamos Blancanieves, que ya es primavera:
Siente la alabanza del día que espera.
Borra con tu risa el sonido del llanto,
Se apaga tu canto en tan hondo pesar.
Déjame llevarte a una tierra lejana
Donde los senderos estén sin marcar.
No te escondas más entre muecas fingidas
Ni sigas penando ilusiones perdidas,
Tienes una vida esperándote afuera,
Aquí solo quedan metas sin lograr.
Aunque tus razones no sean sinceras
Es solo un momento que debes pasar.
Métete en el cuento que tanto adorabas,
Y encuentra ese bosque que siempre buscabas,
Salta de tu torre de fiel prisionera,
Aunque ya no creas que puedes volar.
Déjate llevar por la paz pasajera,
Ni bien la marea comience a bajar.
Siéntate y espera a que llegue la reina,
Cuéntame una historia y demora el final;
Duerme mi princesa vestida de pana
Que solo en tus sueños puedes ser real.
Si no caes rendida frente a la manzana,
Tal vez la mañana te pueda encontrar.
**************************************************
Es larguísimo, lo sé. De todas maneras, hacía mucho que no posteaba nada, así que va todo junto.
Felices fiestas a todos.
Aunque ella lo niegue en su rostro se aprecia.
Quiere ver montañas y desde sus cumbres
El viento y las nubes poder alcanzar.
Presa en sus vestidos de seda se aburre,
Y de las costumbres no quiere ni hablar.
Ella está rodeada de gente tan fría;
Se siente una extraña, se siente vacía.
Vuela frente a ella un cumplido engañoso,
Y cierra los ojos por no protestar.
Porque en su palacio todo es tan hermoso,
Que nada a la vista se puede tocar.
No puede evitar añorar el pasado,
Sus buenos amigos, su casa, su prado.
Ahora está casada y planea reuniones
Sin más libertad que sentarse a opinar.
Aprendió a escuchar y a esconder emociones,
Y aún así su voz no se deja engañar.
Se vistió radiante, como corresponde
-La pana delata lo que el cuerpo esconde-.
El príncipe azul que se acerca indeciso
Demuestra interés y la invita a bailar.
Ella le sonríe y con gesto impreciso
Niega cortésmente y se vuelve a sentar.
Es que está cansada de tantos regalos,
La llenan de joyas, la llenan de esclavos…
Aunque los acepte por ser complaciente,
A puertas cerradas los deja escapar.
Las joyas le gustan pero no las siente;
Las tira a la fuente por verlas brillar.
La dejaron sola y la reina anda suelta,
Prometió encontrarla y vengarse a su vuelta.
Sabe que no hay suerte que pueda ayudarla
Pero al parecer no la llega a afectar.
En su mente hay cosas que suelen cegarla,
Ni las amenazas se pueden filtrar.
Corre hasta su torre y se encierra en su cuarto
A leer los cuentos que le gustan tanto.
Canta recitando finales felices,
Pero ya ni eso la puede alegrar.
Es que Blancanieves no tiene matices,
Y cuando está triste no sabe llorar.
Dime, Blancanieves, qué es lo que te apena,
Que ya no sonríes cuando el río suena;
Rosas y palomas adornan tus sueños,
Pero solo en ellos se van a quedar.
Acaso ha perdido la luna su encanto
Que ya no te escapas a verla brillar?
Vamos Blancanieves, que ya es primavera:
Siente la alabanza del día que espera.
Borra con tu risa el sonido del llanto,
Se apaga tu canto en tan hondo pesar.
Déjame llevarte a una tierra lejana
Donde los senderos estén sin marcar.
No te escondas más entre muecas fingidas
Ni sigas penando ilusiones perdidas,
Tienes una vida esperándote afuera,
Aquí solo quedan metas sin lograr.
Aunque tus razones no sean sinceras
Es solo un momento que debes pasar.
Métete en el cuento que tanto adorabas,
Y encuentra ese bosque que siempre buscabas,
Salta de tu torre de fiel prisionera,
Aunque ya no creas que puedes volar.
Déjate llevar por la paz pasajera,
Ni bien la marea comience a bajar.
Siéntate y espera a que llegue la reina,
Cuéntame una historia y demora el final;
Duerme mi princesa vestida de pana
Que solo en tus sueños puedes ser real.
Si no caes rendida frente a la manzana,
Tal vez la mañana te pueda encontrar.
**************************************************
Es larguísimo, lo sé. De todas maneras, hacía mucho que no posteaba nada, así que va todo junto.
Felices fiestas a todos.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Vértigo.
No mires hacia abajo, le dijo él, y ella obedientemente fijó la vista en el cielo, en sus ojos, en el puente que se le hacía cada vez más lejano mientras caía.
viernes, 2 de octubre de 2009
Contar qué contar.
Hay una mujer en una parada de colectivo cualquiera que quiere inventar una historia sobre un hombre que está sentado intentando escribir un cuento sobre un pescador viejo que vive en su barco y que mientras espera el pique piensa en escribir una historia sobre un campesino que aunque no sabe escribir desearía poder contarle a todos la historia de su hija, una joven que estudia en la ciudad y que intenta escribir un poema sobre una mujer divorciada que quiere narrar su novela como otra mujer que no es ella, y que quiere contar la historia de la amiga de un joven apuesto que quiere ser escritor pero no sabe cómo poner en palabras su idea de la vida de un perro parlante que cuenta la historia de la vez que se enamoró de una gata que maullaba cuentos sobre su dueña, una anciana simpática pero aburrida que se entretenía contando la historia de su juventud como una periodista empecinada en relatar las aventuras de un hombre bohemio que conoció y que buscaba una manera revolucionaria de contar su vida para que sonara más interesante, y quería contarse desde la perspectiva de un huérfano de siete años que idolatraba a un artista bohemio que soñaba con la fama y si podía, con escribir la historia de un niño huérfano que, acostado en la cama, se imaginaba cómo sería su historia dicha por su posible madre adoptiva, una mujer que, esperando ansiosa en una parada cualquiera de colectivo, piensa en una historia para contarle cuando lo conozca, pero no se le ocurre nada.
viernes, 25 de septiembre de 2009
¿Quién querés ser, hoy?
Hoy no tengo deseos de estar de buen humor. Es así. Hoy no quiero sentirme feliz, optimista, salvadora de un otro o ingenua que sonríe porque siente que en el fondo, todo va a estar bien. Yo no soy esa. Tampoco soy ésta, pero quién me dice la que soy y la que no.
La verdad es que hace mucho que no puedo terminar un solo escrito. Muy simbólico, muy conocido.
El problema de hacer esto -escribir- es que pienso lo que voy a decir, trato de darle forma, algún estúpido trasfondo para que no suene tan plano como yo misma nunca me permito ser. Dios no permita que sea sencilla, o siquiera entendible. Por eso me gusta hablar, porque descubrí que si hablo realmente rápido, mi boca le gana a mi cerebro y llego al punto en el que el filtro ya no dicta mis palabras tan precisamente. Y ahí se me mezclan las ideas, las conjugaciones y los conceptos -e incluso se oyen los vestigios de una infancia seseosa-, pero lo que realmente siento me sale mucho más limpio. No me interesa la estética, hoy (mentira). No me interesa si no suena bien lo que digo (mentira); hoy la estética quedó guardada. Esto es escritura cuasi catártica, señores. Acá no hay reglas que respetar más que las propias. Y las reglas a las que se atiene mi cabeza son bastante ambiguas, así que puede ser cualquier cosa. Puedo ser cualquier cosa, en el texto. Lástima que no me dejo.
Pero hoy no estoy acá para escribir, estoy acá para hablar. Y eso hago: hablo. No puedo parar, porque si me detengo y lo releo, voy a borrar todo lo que escribí. Y entonces, estos minutos solo van a haber existido para mí, y estoy harta de vivir por y para cosas que solo existen para mí. Es cansador y estéril. La verdad, no hay demasiado que quiera y pueda decir. Hay mucho que quiero decir y no puedo, y mucho que puedo decir, pero no me interesa compartir. No, la verdad es que no quiero decir nada hoy. Así estoy, encaprichada. Tal vez no es que no quiera, sino que no sé cómo. El hecho es, pasado en limpio, que acabo de escribir quién sabe cuántas líneas para no decir absolutamente nada, y que no me interesa si hay alguien leyendo(me) o no. Hoy no. Porque no quiero tener que ir hacia la gente, ni hoy ni mañana ni pasado, y aunque por ahí ya para la noche se me va este sentimiento de que si supiera cómo, arrancaría mi mente de mi cuerpo y la pondría a observar desde algún campanario altísimo cómo viven otros, con mi cuerpo como un ente sin voluntad propia a su lado tirándole tomates y diversos objetos que hagan de proyectiles a cualquiera que pase lo suficientemente cerca de la base, y aunque me diga que fui una imbécil toda la mañana y toda la tarde por no poder ver lo maravilloso del día, lo mágico de las calles, el brillo natural de los pajaritos y las mariposas que hasta ahora solo se dedicaban a tratar de no morirse de frío, aunque todo esto pase y yo me vuelva una persona amable, considerada, que entiende y aprecia los encantos de la vida más allá de su humor, y aunque no entienda por qué -o no quiera reconocerlo-, todavía voy a recordar que me sentía así. Todavía voy a poder sentir, en algún lugar, bien lejos de mi sonrisa complaciente, esa ira extraña y furtiva que se hace presente de vez en cuando como para recordarme que todavía sigue ahí, y que no desapareció por arte de magia, o porque haya pasado el tiempo, o porque tenga una nueva filosofía de vida. No, no. Es una voz cómoda y superada que se ríe cuando me escucha hablar buscándole el lado positivo a las cosas, una advertencia que me dice "che, mirá que seguís siendo la de antes..." y tiene razón.
Hasta acá llego. Hasta que el arranque se diluye. Seguiré cuando vuelva, supongo.
(Mentira.)
La verdad es que hace mucho que no puedo terminar un solo escrito. Muy simbólico, muy conocido.
El problema de hacer esto -escribir- es que pienso lo que voy a decir, trato de darle forma, algún estúpido trasfondo para que no suene tan plano como yo misma nunca me permito ser. Dios no permita que sea sencilla, o siquiera entendible. Por eso me gusta hablar, porque descubrí que si hablo realmente rápido, mi boca le gana a mi cerebro y llego al punto en el que el filtro ya no dicta mis palabras tan precisamente. Y ahí se me mezclan las ideas, las conjugaciones y los conceptos -e incluso se oyen los vestigios de una infancia seseosa-, pero lo que realmente siento me sale mucho más limpio. No me interesa la estética, hoy (mentira). No me interesa si no suena bien lo que digo (mentira); hoy la estética quedó guardada. Esto es escritura cuasi catártica, señores. Acá no hay reglas que respetar más que las propias. Y las reglas a las que se atiene mi cabeza son bastante ambiguas, así que puede ser cualquier cosa. Puedo ser cualquier cosa, en el texto. Lástima que no me dejo.
Pero hoy no estoy acá para escribir, estoy acá para hablar. Y eso hago: hablo. No puedo parar, porque si me detengo y lo releo, voy a borrar todo lo que escribí. Y entonces, estos minutos solo van a haber existido para mí, y estoy harta de vivir por y para cosas que solo existen para mí. Es cansador y estéril. La verdad, no hay demasiado que quiera y pueda decir. Hay mucho que quiero decir y no puedo, y mucho que puedo decir, pero no me interesa compartir. No, la verdad es que no quiero decir nada hoy. Así estoy, encaprichada. Tal vez no es que no quiera, sino que no sé cómo. El hecho es, pasado en limpio, que acabo de escribir quién sabe cuántas líneas para no decir absolutamente nada, y que no me interesa si hay alguien leyendo(me) o no. Hoy no. Porque no quiero tener que ir hacia la gente, ni hoy ni mañana ni pasado, y aunque por ahí ya para la noche se me va este sentimiento de que si supiera cómo, arrancaría mi mente de mi cuerpo y la pondría a observar desde algún campanario altísimo cómo viven otros, con mi cuerpo como un ente sin voluntad propia a su lado tirándole tomates y diversos objetos que hagan de proyectiles a cualquiera que pase lo suficientemente cerca de la base, y aunque me diga que fui una imbécil toda la mañana y toda la tarde por no poder ver lo maravilloso del día, lo mágico de las calles, el brillo natural de los pajaritos y las mariposas que hasta ahora solo se dedicaban a tratar de no morirse de frío, aunque todo esto pase y yo me vuelva una persona amable, considerada, que entiende y aprecia los encantos de la vida más allá de su humor, y aunque no entienda por qué -o no quiera reconocerlo-, todavía voy a recordar que me sentía así. Todavía voy a poder sentir, en algún lugar, bien lejos de mi sonrisa complaciente, esa ira extraña y furtiva que se hace presente de vez en cuando como para recordarme que todavía sigue ahí, y que no desapareció por arte de magia, o porque haya pasado el tiempo, o porque tenga una nueva filosofía de vida. No, no. Es una voz cómoda y superada que se ríe cuando me escucha hablar buscándole el lado positivo a las cosas, una advertencia que me dice "che, mirá que seguís siendo la de antes..." y tiene razón.
Hasta acá llego. Hasta que el arranque se diluye. Seguiré cuando vuelva, supongo.
(Mentira.)
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