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Mostrando entradas de marzo, 2009

El juego.

Mabel se sienta en una calesita. Busca al león, que fue su favorito de pequeña, se prepara como si fuera a dar el salto de su vida, mete sus largos dedos en las ranuras de plástico pegadas a la melena, y respira profundo cuando siente que el juego empieza a andar.
Mabel está sentada y gira y gira, y se marea, pero sigue ahí, inmutable, manteniendo la postura y compartiendo la quietud de su león. Ya de chica, ella decía que había algo sobre él que la tranquilizaba, algo que le daba serenidad. Eso necesita ella, ahora: serenidad. Necesita que le digan que todo va a estar bien. Que todo mejora. Quiere que alguien se le acerque y que intente hablar con ella, pero el juego gira y gira y aunque ella no se mueve, gira igual. Lo que pasa a su lado ya no le interesa, y lo que pasa fuera de su calesita no es más que una mancha borrosa de la realidad ajena. Reconoce algunas voces, algunas risas, y tal vez, solo tal vez, le gustaría acercarse a ellas...
Pero subida a su león fijo, gastado, de ojo…