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(a)nexo.

Era una puerta enorme, triangular, inútil. Estaba sola, interdimensional como un sonido, plana como una hoja, y la profundidad no la alcanzaba. Era su orgullo: desafiaba la física (con) su mera existencia. Con mucho esfuerzo, logró mover la base hasta lograr una apertura. Del otro lado no había nada esperando. Frente a ella, ni un átomo que quisiera espiar por alguna grieta. Tiene sentido: cómo era posible la perspectiva; cómo podría adueñarse (de) un a través. No unía/separaba habitaciones, ni espacios abiertos, ni seres.
Nada (la) traspasó mientras se mantuvo ahí, casi de adorno, engarzada como un colgante perezoso en(tre) las paredes chatas. Sólo le correspondía articular vacíos.

Y era una puerta, triste, porque, aunque deseara unificar(se) vigorosa y esforzadamente, vacío con vacío nunca se (le) unieron.

de mi eventual dios mínimo.

Cuando, una vez, dormida, llegué a creerme una especie de Dios terrenal -aunque impotente, vulnerable a todo, pero en efecto por encima de aquel mundo que podía fácilmente destruirme-, elegí sentarme a pensar qué quería que pasara. A mis costados, animales de todas las especies. Atrás, las personas más ambiciosas de las que me rodeaban en la vigilia. Adelante, millones de desconocidos. Miles. O quizá eran un centenar, aunque parecían una decena; pero los números de la decena, en ese sueño, se contaban de a millón.

Seguramente la expectativa de volverse -a sí mismo, en realidad- una divinidad sea, como mínimo, gigante. Siempre está la idea de hacer lo que sea, tanto como se desee, y cuanto se desee. Eso es, en el caso de una fantasía exitosa, claro.
Resulta que era un Dios aburrido, pasivo y corriente, y que mis criaturas eran sinceramente poco impresionantes. Todo lo conocía de mi mundo, pero no sabía nada. No podía moverme ni en el tiempo ni de un alma a otra, y para trasladarme en e…