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martes, 17 de septiembre de 2013
domingo, 4 de agosto de 2013
B.
Querido.
Te doy mi piel- ya casi diariamente; mis músculos, mi sangre, mis huesos- te di unos millones (millones) de veces mi unidad. Te di la unidad de mis huesos, sí. De mis ligamentos. De mi psiquis. A todo me lo devolviste roto. Todo marcado, todo ya coagulado por debajo- la piel negra, amarilla, azul, violeta, roja; infectada. Uñas pasándome por todos lados. Mi cuerpo se siente a veces poco más que sendero de uñas. Te destiné mi infancia- te di mi voluntad, te volví meta, te creé prioridad como una enamorada primeriza, te uní a otras prioridades, retorné a vos, te amo, te odié, te odio muchas veces-
No puedo con vos. Sos un arte en el que se evidencia mi falta de arrojo, de capacidad. No hablo de talento. No es el punto, acá. Pero no encuentro- no te encuentro: no me encuentro en vos. No me encuentro en el trabajo que hago cada día para merecer, para sentir que te merezco. A otros se les da con más soltura, con tanta facilidad- no se cuestionan nada. ¡Bah! No sé qué se siente no cuestionarse. Si me aterra encontrarme no llegando al nivel que vivo esperando de mí- nunca llego. Nunca llego. No sé si alguna vez llegué.
Sí. A veces no tengo ni tuve tanta amargura. A veces nos disfrutamos. Nos queremos- llevamos una vida entera juntos; muchas veces sonrío- sólo porque existís.
Pero hoy no. Hoy no. Hoy no sé. Hoy te dejaría, sí, te dejaría hasta volver a encontrarme con ese/o que fuiste. Hasta llegar al principio. Quiero dejarte, hoy. O mejor: hoy no te quiero. No te quiero ver, no te quiero sentir, no quiero querer mejorar, crecer en vos. Porque siento que no me sirve más. Nada. De lo que crezco en vos. Nada. Nada me sirve para mejorar. Sólo perfecciono. Y qué. Nada. Nada diferente. Lo mismo. No crezco, entonces. Perfecciono. Vanamente.
Para mí- para los otros: es lo mismo. ¿Qué representa ese trabajo? ¿Para qué? ¿Por qué? Hoy no te siento bueno, no te siento mío, no dejo de sentirte- decepcionado.
Hoy sos toxicidad en mí. Veneno que disfruto por su esencia conocida. Sé que no es eso- que no sos eso que siento, no, sos algo más, si no tenés que ver con esto; pero ahí- ¡ahí! No quiero. No quiero más de esto. Más de vos. De vos y de todos los que te representan. Esa amargura buscada y predecible.
Morite en mí. No quiero seguir perdiendo mi tiempo por entrar en el tuyo. No me estás dando nada que muera por conservar. Yo no llevo un puntaje ni cuento las faltas. Ese grito final- ¿qué? ¿final de qué? Hay algo más, algo más. Eso quiero. Cuando puedo- ahora.
Yo también tengo esa cuenta regresiva en el reloj. Yo también la voy a ver llegar a cero. Con mis texturas rotas, mis horas de tu sombra- a solas. Lo que quiero es estar con vos- sólo con vos: con tu juego, con tu nada. Que hablemos. Que hablemos como antes- cuando nos entendíamos, cuando crecer el uno con el otro, el uno en el otro, hacía una diferencia.
Así que de hoy en más juego de a dos; pero ¿y la regla?- la regla qué.
Te doy mi piel- ya casi diariamente; mis músculos, mi sangre, mis huesos- te di unos millones (millones) de veces mi unidad. Te di la unidad de mis huesos, sí. De mis ligamentos. De mi psiquis. A todo me lo devolviste roto. Todo marcado, todo ya coagulado por debajo- la piel negra, amarilla, azul, violeta, roja; infectada. Uñas pasándome por todos lados. Mi cuerpo se siente a veces poco más que sendero de uñas. Te destiné mi infancia- te di mi voluntad, te volví meta, te creé prioridad como una enamorada primeriza, te uní a otras prioridades, retorné a vos, te amo, te odié, te odio muchas veces-
No puedo con vos. Sos un arte en el que se evidencia mi falta de arrojo, de capacidad. No hablo de talento. No es el punto, acá. Pero no encuentro- no te encuentro: no me encuentro en vos. No me encuentro en el trabajo que hago cada día para merecer, para sentir que te merezco. A otros se les da con más soltura, con tanta facilidad- no se cuestionan nada. ¡Bah! No sé qué se siente no cuestionarse. Si me aterra encontrarme no llegando al nivel que vivo esperando de mí- nunca llego. Nunca llego. No sé si alguna vez llegué.
Sí. A veces no tengo ni tuve tanta amargura. A veces nos disfrutamos. Nos queremos- llevamos una vida entera juntos; muchas veces sonrío- sólo porque existís.
Pero hoy no. Hoy no. Hoy no sé. Hoy te dejaría, sí, te dejaría hasta volver a encontrarme con ese/o que fuiste. Hasta llegar al principio. Quiero dejarte, hoy. O mejor: hoy no te quiero. No te quiero ver, no te quiero sentir, no quiero querer mejorar, crecer en vos. Porque siento que no me sirve más. Nada. De lo que crezco en vos. Nada. Nada me sirve para mejorar. Sólo perfecciono. Y qué. Nada. Nada diferente. Lo mismo. No crezco, entonces. Perfecciono. Vanamente.
Para mí- para los otros: es lo mismo. ¿Qué representa ese trabajo? ¿Para qué? ¿Por qué? Hoy no te siento bueno, no te siento mío, no dejo de sentirte- decepcionado.
Hoy sos toxicidad en mí. Veneno que disfruto por su esencia conocida. Sé que no es eso- que no sos eso que siento, no, sos algo más, si no tenés que ver con esto; pero ahí- ¡ahí! No quiero. No quiero más de esto. Más de vos. De vos y de todos los que te representan. Esa amargura buscada y predecible.
Morite en mí. No quiero seguir perdiendo mi tiempo por entrar en el tuyo. No me estás dando nada que muera por conservar. Yo no llevo un puntaje ni cuento las faltas. Ese grito final- ¿qué? ¿final de qué? Hay algo más, algo más. Eso quiero. Cuando puedo- ahora.
Yo también tengo esa cuenta regresiva en el reloj. Yo también la voy a ver llegar a cero. Con mis texturas rotas, mis horas de tu sombra- a solas. Lo que quiero es estar con vos- sólo con vos: con tu juego, con tu nada. Que hablemos. Que hablemos como antes- cuando nos entendíamos, cuando crecer el uno con el otro, el uno en el otro, hacía una diferencia.
Así que de hoy en más juego de a dos; pero ¿y la regla?- la regla qué.
lunes, 15 de abril de 2013
La impunidad de esta ignorancia
Es un poco como si supiera, pero- no. Y es raro- no recuerdo haber sentido algo así. Tal vez porque nunca tuve el cuerpo tan presente en mí, porque nunca me lo mostré, para decirlo de alguna manera, y- duele. El cuerpo duele. Siente placer y duele. No es una máquina. No es tan sencillo. Lo que sabía no es.
Porque el funcionamiento a nivel químico y físico se ve influenciado por -ante la falta de una palabra precisa- "cosas" que lo exceden. Y digo: lo influencian; no lo manejan. Ni yo manejo mi cuerpo. No del todo. No demasiado. El cuerpo no es pasivo. ¿Hay algo vivo que sea pasivo? ¿Hay algo que sea pasivo, vivo o no?
1-Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él-
2-El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime-
3-Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto-
Solemos movernos con las leyes de la Física (más precisamente, de Newton, en este caso), en muchos aspectos. Esto no es una novedad.
La materia se resiste al cambio. Pero, una vez incorporado, se acostumbra a él, salvando los factores que lo condicionen. TODO se acostumbra.
Se acostumbra.
Una teoría de la Educación Física o de las ciencias del Deporte postula el llamado Movimiento Invisible. Explica todo lo que pasa en nuestro cuerpo antes de llegar a la acción evidente. Es realmente muy interesante. Lo traslado con franca, reconocida, impune y atrevida ignorancia. Aquello que no se nota- de ahí parte lo demás: de un invisible. A todo lo precede lo invisible, lo interno. Todo parte de lo que no vemos. Somos Fuerza latente, movimiento en potencia; y falta ese chispazo para que se aparezca- y ahí: acción, reacción, arranque contra lo estático, corte a la inercia; fuerza resultante, gravedad, resistencia, caída libre. Física- irónica.
Vení, mostrame lo que sé que me oculto, lo que intencionalmente no me muestro, no me digo, no me escucho rumiar por lo bajo aunque sienta la boca pastosa moverse para decirlo igual, lo que vengo mascando por pura costumbre- tiene que soltarse, tiene que salir(se). Quiero una voz con orejas, con ojos, con piernas, con manos. Quiero una voz que abrace, que contenga, que sacuda, que hierva y arremeta sin herir solo por gusto. Quiero dejar de resistir el cambio y de seguir moviéndome en igual sentido y dirección por esa inercia deliciosa de moverse y solo eso, de moverse porque sí, por no frenar, por convencerse de que cada movimiento es un avance. Sé que no. Entiendo que no. Siento que no. Pero la inmensidad del movimiento- no se nota, no se nota. Yo necesito sentirlo, que se vea es un problema que no me incumbe ni a mí. La inmensidad del movimiento. Lo invisible- ¿cuánto y cómo se transmite? ¿Cuánto queda, de lo que era antes de verse?
Porque el funcionamiento a nivel químico y físico se ve influenciado por -ante la falta de una palabra precisa- "cosas" que lo exceden. Y digo: lo influencian; no lo manejan. Ni yo manejo mi cuerpo. No del todo. No demasiado. El cuerpo no es pasivo. ¿Hay algo vivo que sea pasivo? ¿Hay algo que sea pasivo, vivo o no?
1-Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él-
2-El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre según la línea recta a lo largo de la cual aquella fuerza se imprime-
3-Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto-
Solemos movernos con las leyes de la Física (más precisamente, de Newton, en este caso), en muchos aspectos. Esto no es una novedad.
La materia se resiste al cambio. Pero, una vez incorporado, se acostumbra a él, salvando los factores que lo condicionen. TODO se acostumbra.
Se acostumbra.
Una teoría de la Educación Física o de las ciencias del Deporte postula el llamado Movimiento Invisible. Explica todo lo que pasa en nuestro cuerpo antes de llegar a la acción evidente. Es realmente muy interesante. Lo traslado con franca, reconocida, impune y atrevida ignorancia. Aquello que no se nota- de ahí parte lo demás: de un invisible. A todo lo precede lo invisible, lo interno. Todo parte de lo que no vemos. Somos Fuerza latente, movimiento en potencia; y falta ese chispazo para que se aparezca- y ahí: acción, reacción, arranque contra lo estático, corte a la inercia; fuerza resultante, gravedad, resistencia, caída libre. Física- irónica.
Vení, mostrame lo que sé que me oculto, lo que intencionalmente no me muestro, no me digo, no me escucho rumiar por lo bajo aunque sienta la boca pastosa moverse para decirlo igual, lo que vengo mascando por pura costumbre- tiene que soltarse, tiene que salir(se). Quiero una voz con orejas, con ojos, con piernas, con manos. Quiero una voz que abrace, que contenga, que sacuda, que hierva y arremeta sin herir solo por gusto. Quiero dejar de resistir el cambio y de seguir moviéndome en igual sentido y dirección por esa inercia deliciosa de moverse y solo eso, de moverse porque sí, por no frenar, por convencerse de que cada movimiento es un avance. Sé que no. Entiendo que no. Siento que no. Pero la inmensidad del movimiento- no se nota, no se nota. Yo necesito sentirlo, que se vea es un problema que no me incumbe ni a mí. La inmensidad del movimiento. Lo invisible- ¿cuánto y cómo se transmite? ¿Cuánto queda, de lo que era antes de verse?
sábado, 12 de marzo de 2011
Un día cualquiera.
Era un día cualquiera. Un buen día, de esos que siempre se disfrutan pero nunca se recuerdan. El Sol y la humedad picaban suavemente la piel, como una especie de tortura china, pero a la sombra una brisa delicada se encargaba de devolverle la templanza al cuerpo.
Una nube negra, claramente consciente de lo absurda que se veía, iba y venía sin demasiado rumbo.
Día de trámites. Día de viajes en colectivo. La gente en las paradas se amontonaba contra los edificios buscando que hasta el aire hiciera sombra, y varios chicos les reclamaban a sus padres el espíritu tercermundista de gasto prudente. "¿Un taxi?", fueron diciendo de a uno todos los padres, "¿lo pensás pagar vos?" y, con el mismo orden, cada uno de los chicos fue encogiéndose de hombros y adoptando la actitud de no-me-importa que nos sale a todos cuando nos niegan algo que, en realidad, no nos interesa demasiado.
"Sí," dijo uno, ante la sorpresa de todos los otros, "yo lo pago." Y se bajó del cordón, paró un auto, y le abrió la puerta a su madre para que subiera primero. La brisa sopló con un poco más de intensidad. Ya se acercaba el otoño; se lo sentía ahí, atrás del nuevo viento.
"Pero qué caballero", exclamó una señora que no había entendido nada.
Con mis 12 pesos en el bolsillo -se me había roto la billetera hacía unos minutos-, contemplé la situación como desde el otro lado del televisor. Es que, realmente, era una gran situación para analizar. Las diferencias entre el rol de la madre y el rol del hijo, tanto generacionalmente como sus diferencias de género; la capacidad ahorrativa de cada uno, las prioridades, etc. Un festín gratuito para cualquier intelectualoide. El olor a tierra mojada volvía el instante más interesante todavía.
Pero la mirada reflexiva y distante que siempre me resultó tan confortable se vio interrumpida por un golpe. Bueno, no exactamente un golpe.
Una gota cayó, casi con inocencia, casi con irrelevancia, sobre mi hombro derecho. Podría haber sido tan insignificante como parece, pero la explosión del impacto fue con tanta furia, con tanta violencia, que esa gota solitaria fue suficiente para estremecerme. Mi interior se removió y revolvió. Algo no estaba bien. Instintivamente, corrí hasta el primer kiosco que vi abierto. No cayó ni una gota más, en el trayecto. Las nubes se amontonaban amenazando.
La mujer que atendía el local no respondía. Los ojos claros, de esos que cambian con el tiempo, estaban fijos en el televisor. En una mano, cambio; en la otra, más firme y estática todavía, un paquete de chicles con nicotina. El dueño de los chicles tenía una mano sobre la frente, y, horrorizado, compartía las imágenes con la kiosquera.
Junté mis ojos con los suyos, y ahí lo vi.
El cielo se había vuelto negro y turbio. Finalmente comprendía las metáforas recargadas de los viejos poetas, de los escritores más pasionales, de cualquiera que hubiera querido describir un fenómeno similar o peor. Mi fe tambaleó por unos instantes, e incluso pensé que el infierno siempre había estado, verdaderamente, sobre nuestras cabezas. La Biblia se equivocaba. La Iglesia se equivocaba. El Hombre, se equivocaba. Imposible.
Pero no era imposible. Una ola majestuosa e igualmente terrorífica se alzó ante nosotros, horrenda y absoluta, terminante y desesperantemente ineludible.
No pude moverme. El gigante reclamaba mi reverencia, mi súplica por su misericordia, y yo no podía moverme. La piedad nunca les llega, realmente, a los cobardes.
Todo era agua. Lo había abrazado todo, y ahora se permitía correr entre los restos de cemento y vida que él mismo había provocado. Me ahogaba, arrastrada en su cólera, y no podía hacer nada. Frente a mí pasaban otros cuerpos, más luchadores pero más vencidos. Todo era ruina. Todo era ruina y muerte.
Aspiré profundamente, con el pánico de quien advierte que se está muriendo, y de alguna manera encontré el aire. No había pestañeado, en todo ese tiempo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y enrojecidos, y la mandíbula acalambrada de apretar los dientes. Temblé casi imperceptiblemente al regresar a mi cuerpo, y, con algo de mi voluntad renovada, miré al gigante de nuevo. Éste, que me daba la espalda, me miró por encima del hombro. No era a mí a la que buscaba. No le interesaba de mí más que mi mirada. No sé si buscaba a alguien en particular, en realidad. Él solo corría. Él corría, y el mundo miraba.
"Qué bárbaro todo esto, ¿no?" Dijo la misma señora de la parada, que se había antojado de un bombón frutal.
Los tres la miramos, ausentes. El hombre tomó su cambio y sus chicles y salió caminando encorvado.
La kiosquera, todavía algo aturdida, cantó el precio equivocado y se disculpó. La señora le sonrió, radiante.
"Realmente, qué calamidad", me dijo.
"Sí. Qué calamidad."
Afuera el sol pegaba más fuerte que antes, y de la brisa no quedaba ni el recuerdo.
Una nube negra, claramente consciente de lo absurda que se veía, iba y venía sin demasiado rumbo.
Día de trámites. Día de viajes en colectivo. La gente en las paradas se amontonaba contra los edificios buscando que hasta el aire hiciera sombra, y varios chicos les reclamaban a sus padres el espíritu tercermundista de gasto prudente. "¿Un taxi?", fueron diciendo de a uno todos los padres, "¿lo pensás pagar vos?" y, con el mismo orden, cada uno de los chicos fue encogiéndose de hombros y adoptando la actitud de no-me-importa que nos sale a todos cuando nos niegan algo que, en realidad, no nos interesa demasiado.
"Sí," dijo uno, ante la sorpresa de todos los otros, "yo lo pago." Y se bajó del cordón, paró un auto, y le abrió la puerta a su madre para que subiera primero. La brisa sopló con un poco más de intensidad. Ya se acercaba el otoño; se lo sentía ahí, atrás del nuevo viento.
"Pero qué caballero", exclamó una señora que no había entendido nada.
Con mis 12 pesos en el bolsillo -se me había roto la billetera hacía unos minutos-, contemplé la situación como desde el otro lado del televisor. Es que, realmente, era una gran situación para analizar. Las diferencias entre el rol de la madre y el rol del hijo, tanto generacionalmente como sus diferencias de género; la capacidad ahorrativa de cada uno, las prioridades, etc. Un festín gratuito para cualquier intelectualoide. El olor a tierra mojada volvía el instante más interesante todavía.
Pero la mirada reflexiva y distante que siempre me resultó tan confortable se vio interrumpida por un golpe. Bueno, no exactamente un golpe.
Una gota cayó, casi con inocencia, casi con irrelevancia, sobre mi hombro derecho. Podría haber sido tan insignificante como parece, pero la explosión del impacto fue con tanta furia, con tanta violencia, que esa gota solitaria fue suficiente para estremecerme. Mi interior se removió y revolvió. Algo no estaba bien. Instintivamente, corrí hasta el primer kiosco que vi abierto. No cayó ni una gota más, en el trayecto. Las nubes se amontonaban amenazando.
La mujer que atendía el local no respondía. Los ojos claros, de esos que cambian con el tiempo, estaban fijos en el televisor. En una mano, cambio; en la otra, más firme y estática todavía, un paquete de chicles con nicotina. El dueño de los chicles tenía una mano sobre la frente, y, horrorizado, compartía las imágenes con la kiosquera.
Junté mis ojos con los suyos, y ahí lo vi.
El cielo se había vuelto negro y turbio. Finalmente comprendía las metáforas recargadas de los viejos poetas, de los escritores más pasionales, de cualquiera que hubiera querido describir un fenómeno similar o peor. Mi fe tambaleó por unos instantes, e incluso pensé que el infierno siempre había estado, verdaderamente, sobre nuestras cabezas. La Biblia se equivocaba. La Iglesia se equivocaba. El Hombre, se equivocaba. Imposible.
Pero no era imposible. Una ola majestuosa e igualmente terrorífica se alzó ante nosotros, horrenda y absoluta, terminante y desesperantemente ineludible.
No pude moverme. El gigante reclamaba mi reverencia, mi súplica por su misericordia, y yo no podía moverme. La piedad nunca les llega, realmente, a los cobardes.
Todo era agua. Lo había abrazado todo, y ahora se permitía correr entre los restos de cemento y vida que él mismo había provocado. Me ahogaba, arrastrada en su cólera, y no podía hacer nada. Frente a mí pasaban otros cuerpos, más luchadores pero más vencidos. Todo era ruina. Todo era ruina y muerte.
Aspiré profundamente, con el pánico de quien advierte que se está muriendo, y de alguna manera encontré el aire. No había pestañeado, en todo ese tiempo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y enrojecidos, y la mandíbula acalambrada de apretar los dientes. Temblé casi imperceptiblemente al regresar a mi cuerpo, y, con algo de mi voluntad renovada, miré al gigante de nuevo. Éste, que me daba la espalda, me miró por encima del hombro. No era a mí a la que buscaba. No le interesaba de mí más que mi mirada. No sé si buscaba a alguien en particular, en realidad. Él solo corría. Él corría, y el mundo miraba.
"Qué bárbaro todo esto, ¿no?" Dijo la misma señora de la parada, que se había antojado de un bombón frutal.
Los tres la miramos, ausentes. El hombre tomó su cambio y sus chicles y salió caminando encorvado.
La kiosquera, todavía algo aturdida, cantó el precio equivocado y se disculpó. La señora le sonrió, radiante.
"Realmente, qué calamidad", me dijo.
"Sí. Qué calamidad."
Afuera el sol pegaba más fuerte que antes, y de la brisa no quedaba ni el recuerdo.
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