lunes, 16 de noviembre de 2009
Vértigo.
viernes, 2 de octubre de 2009
Contar qué contar.
domingo, 17 de mayo de 2009
12:21, 12:34...
Me fijo por las dudas. Nunca se es suficientemente cuidadoso. A ver; listo, listo, listo. Sí, está bien. Está bien.
12:21. Perfecto. Ay, ¿puse los...? Sí, acá están. Qué suerte que son las 12:21. Qué suerte porque 1 más 2 es 3, y 2 más 1 es 3, y 3 por 3 es 9 que es tres veces 3. Qué suerte. Aunque 3 menos 3 da 0 y 3 más 3 da 6 y lo arruina todo...
No, no, no. No puedo ponerme nervioso ahora. Vamos, Juan. Dejá de comerte las uñas. Basta. Basta. Muy bien.
¿Viste, Juan? ¿Viste que hoy no iba a pasarte de nuevo? Ya está, Juan, ya sabés cómo funciona. Mirás el reloj antes y no después, y ya está. Así no te pasa. ¿Viste, Juan? Todo está bien.
Nada está bien. No voy a poder. Por otra parte, 1 más 1 es 2 y 2 más 2 es 4, que dividido 2 da 2. El 2 está cerca del 3, aunque no sea lo mismo...
Tengo que comer antes de ir. ¿Qué toca hoy? ¿No había dejado la agenda sobre la mesa? A ver...
No, no tengo ganas de comer eso... Bueno, como un poco. Tengo que comer.
Ya está. Mejor lavo las cosas ahora...
¿Qué hora es? No, no mires. No mires, no mires, no mires...
...12:34. 12:34. ¿Por qué miraste, Juan? ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué tenías que mirar?
Levantate, Juan. Levantate de acá. Es solo una hora. No es solo una hora. Sí, es solo una hora. Es una hora en la cual 1 más 4 da 5 y 2 más 3 da 5, y 4 menos 3 da 1 y 3 menos 2 da 1, y... y...
Y 4 más 3 da 7, menos 1 da 6, dividido 2, es 3. Sí, está bien, es solo una hora...
¿Cerré bien la puerta? A ver... Sí, está bien cerrada. Papá, tenías razón, nada mejor que una buena cerradura. La del sótano era de pésima calidad, ¿te acordás? Se podía subir o bajar cuanto quisieras... Aunque eso era bueno cuando te olvidabas de dejarlo abierto por si quería ir al baño.
¿Por dónde voy? 1221. Je, qué casualidad. Es de la otra vereda, entonces. 1228, 1230, mil doscientos treinta y c...
...Acá es. Es una casa chica, tendría que atender rápido... Ahí viene. ¿Está solo? Espero que esté solo. Qué suerte. ¿Qué tenía qué decir...? Nada, Juan, nada. Pasá y hacelo de una vez.
Siempre me sorprende el sonido de un cuerpo al caer. Es tan potente, tan brusco. Como un pedazo de carne. Eso somos; carne esperando ser liberada. A veces me siento afortunado: no mucha gente puede hacerlo, pero yo sí; puedo liberar, puedo crear desde la destrucción, y eso hago. Le doy un poco de orden a este caos eterno que nos envuelve, los entrego a la vida que realmente vale. Es un trabajo duro y poco tomado en cuenta, pero sé que al final alguien va a entender su valor. Mi valor.
Tenía razón, es una casa chica. Mejor: menos superficie para limpiar. Voy a dejar la puerta cerrada pero las ventanas abiertas, para que lo encuentren rápido.
¿Qué hora es?
12:43. Pero no es lo mismo, no. Aunque 4 más 3 menos 1 dé 6 y 6 dividido 2 dé 3...
Puedo sentir su libertad. Sí. Aunque...
¿Habré cerrado bien la puerta?
miércoles, 1 de abril de 2009
Azucena.
Azucena no era como las otras. No. Tenía un algo, de eso que no tiene todo el mundo. Una expresión, un gesto aquí y allá. Un no sé qué que la hacía diferente. Esa presencia, esa actitud decidida que adoptaba para plantarse ante el mundo. La misma con la que se presentó ante el propio Comandante con la intención de obtener una respuesta sobre el paradero de su hijo. Alfredo y Gustavo lo sabían. Su recuerdo generalmente les arrancaba una sonrisa, aunque siempre seguida de esa mirada que tienen aquellos que en algún momento fueron rechazados.
Desde el primer momento se vieron enfrentados por ella. Alfredo la precisaba por deber, Gustavo, por necesidad. Eran el día y la noche. Uno, pedante y pretencioso, militar; el otro, reservado y modesto, de oficio desconocido, caballero como pocos. En ambos había cierta curiosidad que ninguno se animaba a admitir, aunque se rumoreaba que, tratándose de Alfredo, pocas probabilidades había de que fuera así. Verdad o no, cierta fascinación por ella de su parte era innegable.
Azucena les doblaba en edad, por lo menos. No les importaba. Gustavo se arrastraba tras ella cual perro de la calle, de esos que se le pegan a uno buscando aunque sea una bolsa de basura para roer. Alfredo prefirió tomar distancia para preservar su profesionalismo y ocultarse de ella. Le sirvió poco. Cayó también, pero desde su oscuridad; su entrenamiento lo había hecho un experto a la hora de esconderse, y ahora se maldecía por ello: a los ojos de Azucena era invisible.
Gustavo tuvo que luchar por conservar su lugar en varias oportunidades, ya que siempre había algún desubicado que pusiera sospechas sobre él. Y ahí iba, otra vez, a ganarse la confianza de su señora.
Le tomó un tiempo a Alfredo resignarse a su situación de ser inexistente, de sombra de Gustavo. Le dolía saber que en el momento en el que finalmente se encontraran, no habría nada a qué aspirar. Sus trabajos anteriores eran simplemente eso, trabajos, pero este no. Habría matado al mundo entero si se lo hubieran ordenado, y si, claro, le hubieran dado un buen grupo de hombres. Pero ella era distinta; única. Y el simple nombre de Gustavo era suficiente para que Alfredo desapareciera. Desde el principio lo quiso como a un hijo, a Gustavo. Eso lo llenaba de ira.
Y llegó la noche en la que Gustavo no la necesitó más. Era hora de que Alfredo entrara en acción. Se sabía el papel de memoria; era bruto, es cierto, pero pretender siempre se le había dado con una facilidad envidiable. Pretender y engañar.
Así Alfredo, o tal vez Gustavo, fue señalando en su código a cada uno de los cabecillas. Es muy probable que fuera Alfredo, pues al marcar a Azucena solo pudo mirarla a los ojos, como rogando ser visto, como pidiéndole perdón. En su último encuentro, ella, colgando del techo por las muñecas, le daba la espalda. Azucena nunca lo vio; nunca supo quién fue, ni cuál era su verdadero nombre. Antes del interrogatorio se la veía preocupada: quería saber si alguien podía darle algún tipo de información sobre la situación de Gustavito, el muchacho rubiecito que estaba en la iglesia ese día, con ellas. Un cuerpo pasó velozmente a su lado y salió de la habitación. Si no hubiera tenido el uniforme puesto, Azucena habría jurado que era él.
Alfredo caminó por los pasillos sin una dirección fija: hacía tiempo que estaba perdido. Suprimió entonces a Gustavo Niño de su mente y decidió hacerlo desaparecer junto a los otros.
Un texto viejo...
lunes, 16 de marzo de 2009
El juego.
Mabel está sentada y gira y gira, y se marea, pero sigue ahí, inmutable, manteniendo la postura y compartiendo la quietud de su león. Ya de chica, ella decía que había algo sobre él que la tranquilizaba, algo que le daba serenidad. Eso necesita ella, ahora: serenidad. Necesita que le digan que todo va a estar bien. Que todo mejora. Quiere que alguien se le acerque y que intente hablar con ella, pero el juego gira y gira y aunque ella no se mueve, gira igual. Lo que pasa a su lado ya no le interesa, y lo que pasa fuera de su calesita no es más que una mancha borrosa de la realidad ajena. Reconoce algunas voces, algunas risas, y tal vez, solo tal vez, le gustaría acercarse a ellas...
Pero subida a su león fijo, gastado, de ojos seguros y pintura corroída, no ve manera de bajarse de la vuelta. Por eso intenta disfrutar aunque su mundo gira y gira, y se sonríe cuando piensa que si bien está en constante movimiento, nunca avanza, nunca llega a ningún lado.
Cuántas veces fantaseó con encontrarse en el camino a algún valiente que demorara su paso solo para verla, o con distinguir a lo lejos un hombre que frenara con sus brazos esa rueda eterna en la que se veía. De todas formas, perdió las esperanzas de que algo así pase. Ya no lo espera, pero siempre se es libre de soñar, y por eso, Mabel sueña.
A veces cree que sueña demasiado. Su vida está basada más que nada en esos sueños, ella lo sabe bien, por eso siempre quiere soñar más. No hay ningún peligro, ella es totalmente consciente de que eso no es real. Sabe que en algún momento tendría que terminarse. Dar un paso al frente, seguir adelante.
Sí, ya sería tiempo de seguir adelante. Tiene que bajarse del juego y enfrentar aquella mancha borrosa que nunca vio claramente. Tiene que pararse y dejar a su león, que nunca fue de ella, adonde pertenece, porque esa parte suya no puede acompañarla. Tiene que decidir, y ser por una vez, real. Tiene que seguir moviéndose, pero para avanzar. Sí, empezando ahora...
Mabel nunca notó la calesita detenerse, no vio al resto de la gente bajar, ni vio a otros subir...
Se quedó a la siguiente vuelta, y a la otra, y a la otra, y todavía sigue ahí, subida a aquel león que lentamente se hace polvo, mientras su calesita gira y gira...
Instantánea
No me gusta extrañarte Porque retiembla entero en el cuerpo lo chico que es el mundo restante cuando habito el inmenso espacio entre tu...
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Hay verdades y verdades. Verdades extraordinarias, verdades injustas, verdades a medias que casi ni llegan a ser verdades; verdades curiosas...
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Blancanieves nunca quiso ser realeza; Aunque ella lo niegue en su rostro se aprecia. Quiere ver montañas y desde sus cumbres El viento y ...
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No me gusta extrañarte Porque retiembla entero en el cuerpo lo chico que es el mundo restante cuando habito el inmenso espacio entre tu...