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Mostrando entradas de 2011

Mansa cólera.

Esta es la mansa cólera, hablando. Mi mansa cólera. Oí que las palabras, al pudrirse en el cuerpo dejan larvas, caníbales que sólo recorren las entrañas para revolverlas bien, para desordenar, y salen desgarrando órgano, músculo, piel, rompiendo huesos hasta explotar el pecho como aliens. Es tomar aire, y aire, y aire, y, con el pecho ensanchado y suplicante, un poco más. Aire, aliento, necesidad ineludible. Hay que llenarse, llenarse de vitalidad hasta tener que soltarlo en ese momento ínfimo de desesperación en el que antes de seguir apropiándose del embriagante aliento milagroso, se considera la opción de dejarse morir. Sólo por un momento; dura ese instante anterior a la espiración aliviante.
Llenarse de vida. De eso se habla, como si uno fuera un vaso que vino al mundo con una jarra lista y a mano. La ingenuidad, la liviandad con la que se usan frases que suenan bonito y profundo, es tragicómica.
Sé vos misma. Soy muchas, soy alguna(s), soy ninguna.
¿Por qué ese amor, ese fetich…

Una Quimera.

Estoy soñando. Me doy cuenta enseguida: los personajes cambian de persona, mis personas cambian de cara, sus caras cambian de nombre.
Una mujer rubia, enorme y cincuentona que en mi realidad alternativa es KT Tunstall me espera apoyada contra la pared de un edificio piramidal.
"Llegás tarde." Me dice, incrédula. Le dedico una mirada a la construcción imponente e inmediatamente KT se vuelve KT.
"Siempre llego tarde", le contesto, con el fastidio de una verdad injustificable.
"No," me discute, "nunca llegás tarde."
La miro extrañada. El edificio que dejamos a nuestras espaldas ya no existe, ahora es un descampado, o unas ruinas. Todo está borroso.
"Estoy soñando." Le digo, sin un atisbo de sorpresa en la voz.
"Sí."
"¿Qué hago?"
"Nada, no sé. Qué sé yo."
"Vos sos parte de mi sueño."
"Sí," me contesta Clarisa, "me estás soñando, mi china."
"¿Te puedo controlar?"
Tiene lo…

Pequeños momentos de grandilocuencia.

Compré una turquesa. Es de no sé dónde, creo que de Perú, y tiene muchos beneficios para el alma, y para el chakra, y para muchas energías y esencias y signos que no recuerdo. También es la segunda piedra de la Era de Acuario, en la que aparentemente estamos entrando. No podría asegurar nada de esto; solo repito fragmentos de lo que el vendedor me dijo mientras, apurado, elegía algunas para sí mismo. Honestamente, y a riesgo de que suene tan mundano como fue, debo admitir que en un principio me gustó por los colores, sean cuales sean sus supuestas propiedades y beneficios.
La realidad es que siempre jugué a ser más supersticiosa de lo que efectivamente soy. Los signos me divierten, los amuletos me gustan. Las piedras me encantan. Me parecen lindas, me parecen objetos que uno fácilmente carga de valor y que, por alguna razón, reafirman. Me siento fuerte con mi piedra. Me siento enorme e irrompible. Me siento justa. Me siento tan irrepetible como sus patrones.

Tengo dos turquesas, para …

Un día cualquiera.

Era un día cualquiera. Un buen día, de esos que uno siempre disfruta pero nunca recuerda. El Sol y la humedad picaban suavemente la piel, como una especie de tortura china, pero a la sombra una brisa delicada se encargaba de devolverle la templanza al cuerpo.
Una nube negra, claramente consciente de lo absurda que se veía, iba y venía sin demasiado rumbo.
Día de trámites. Día de viajes en colectivo. La gente en las paradas se amontonaba contra los edificios buscando que hasta el aire hiciera sombra, y varios chicos les reclamaban a sus padres el espíritu tercermundista de gasto prudente. "¿Un taxi?", fueron diciendo de a uno todos los padres, "¿lo pensás pagar vos?" y, con el mismo orden, cada uno de los chicos fue encogiéndose de hombros y adoptando la actitud de no-me-importa que nos sale a todos cuando nos niegan algo que, en realidad, no nos interesa demasiado.
"Sí," dijo uno, ante la sorpresa de todos los otros, "yo lo pago." Y se bajó del…

Durmiente.

Un momento simple. La belleza, retratada en un segundo, una contemplación espontánea e imprevista.
El pelo arremolinado, los rulos dorados descansando, imperfectos y maravillosos, sobre los hombros. La piel tersa e infantil, la curva levemente pronunciada de la espalda que sube y baja con un ritmo suave y pausado. Los brazos rodeando apenas la almohada, delicados y fuertes. Hay palabras en ese abrazo.

La paz. La paz de ver dormir sin ansiedad, sin incomodidad, sin dobles intenciones, sin juegos rebuscados, la claridad de todo lo dicho y lo que es innecesario decir. Los ojos y la boca relajados aún ante las ojeras de la mala noche, la piel retomando de a poco su color de arena, el final de la enfermedad pasajera que de vez en cuando ataca hasta al más fuerte. Los dedos, ni largos, ni finos, ni huesudos. Tiene manos de trabajadora, manos robustas y contundentes pero que saben acariciar dulcemente cuando quieren. El Sol entra por el balcón y parece que pide permiso para iluminarle las pi…

Él.

Empieza así, de repente.
Esté uno presente o no.
Se asienta y se expande de nada,
Porque encuentra base en cualquier lado,
Porque sabe nutrirse de absolutamente cualquier cosa,
Porque es capaz de alimentarse del tiempo,
Del espacio,
De uno,
De cada ausencia y presencia,
De cada circunstancia,
Duda, certeza, orgullo y arrepentimiento;
Porque aprecia, pero más que nada porque entiende
La represión forzada en la virtud,
La voz desesperada del defecto;
Lo humano de la dualidad, de la contradicción constante,
La lucha, la resignación, noble o cobarde.
Es porque entiende, que nunca retrocede.
Y sabe que juzgarse es un juego riesgoso,
Y sabe que jugarse puede implicar perder,
Pero no duda mucho,
Tal vez porque no piensa.
Por eso la razón no lo acompaña,
Pero aun así, le muestra su respeto...

Sobre signos, I. Una pequeña reflexión impulsiva.

Estoy un poquito cansada de los piscianos. También de los escorpianos, es cierto. También de los leoninos, acuarianos, capricornianos, arianos, cancerianos (?), geminianos, taurinos, virginianos, sagitarianos, y, cómo olvidarnos a nosotros, los librianos. Somos todos un kilombo. Sencillamente. Hayamos nacido el día que hayamos nacido, somos sencilla y concretamente un kilombo. Demasiado miedo o demasiado impulso, demasiada cabeza o demasiado cuerpo. Todos tenemos nuestra propia manera de complicar las cosas, de ponerle trabas a lo que queremos. Algunos actúan sin pensar en las consecuencias, otros pensamos todo más de lo necesario -y de lo saludable-.

Ninguna de esas opciones parece aconsejable. Cada una conlleva sus riesgos y sus respectivos simpatizantes se aferran, lógicamente, a sus ventajas. El que actúa sin pensar arriesga mucho, porque, seamos honestos, quién no se lamentó alguna vez, convencido de que podría haber hecho todo muchísimo mejor si se hubiera detenido a pensar, a …